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Notas sobre un poeta futbolero: Miguel Hernández, “El barbacha”

A finales de los años veinte, un grupo de muchachos de la oriolana Calle de Arriba formó un equipo de fútbol al que uno de sus jugadores bautizó como La Repartiora. Ese chico era, por aquel entonces, un pastor aficionado a las letras que comenzaba a escribir sus primeros versos en una libreta de rayas. Se llamaba Miguel Hernández.

Según el testimonio de otro de los componentes de La Repartiora,Vicente Sarabia, Paná, «a Miguel le gustaba mucho jugar al fútbol, y como allí nos poníamos nombres, pues a él le llamábamos “El barbacha”, porque jugaba bien y era fuerte, pero lo hacía algo lento, y como hay por estos terrenos caracoles que los llaman “barbachas”, por eso» (Collado, 1993, p.35).

Sobre el origen del nombre del equipo de La Repartiora hay dos versiones. Una de ellas es del propio Paná, quien cuenta que el nombre surgió porque «allí lo repartíamos todo», de manera que «el que podía llevar algo de comer o de beber, pues era para repartirlo». En cambio, Ramón Pérez Álvarez señala que el nombre es realmente un sarcasmo político dedicado a la derecha oriolana. En este sentido, Pérez Álvarez afirma que «en Orihuela los pobres ironizaban a costa de las derechas, pues según éstas, si venía el comunismo, todo sería repartido, bicicleta, vacas, cerdos, huertos e incluso las mujeres…» (Pérez, 1984). Sea como fuere, ambas versiones enraízan en la humilde condición social de los jugadores de La Repartiora.

Equipo de La repartiora. Miguel Hernández es el segundo de la derecha, en la primera fila

Equipo de La Repartiora. Miguel Hernández es el segundo de la derecha, en la primera fila

Miguel, como secretario del equipo y poeta incipiente, se encargó de escribir el “Himno a la Repartiora”. La letra, que se cantaba sobre la música del pasodoble popularmente conocido como “Por la calle de Alcalá”, decía así:

Vencedora surgirá,
porque lo ha mandado el “Pá”,
la terrible y colosal Repartiora.
Por las calles marchará
y el buen vino beberá
porque siempre victoriosa surgirá.
En la tasca habrá de ver
la ilusión con que al vencer
mostrará siempre en su cara lisonjera.
Todo el mundo la verá
bulliciosa y “descará”
porque siempre surgirá.
Grande es la triunfal defensa,
el Rosendo y el Manolé,
Pepe, Paco y el Botella ,
todos formidables, saben convencer.
Ya la Repartiora
vence con gran poder,
mientras que el otro llora
por no poder vencer.
Salta ya Paná,
brilla el moscatel,
que el vinillo está
que parece miel.
Ya venció la Repartiora,
su canción cantando va.
Surge clara y triunfadora
con su voz sonora
ya casi “apagá”.

Pero Miguel fue más allá y compuso una canción jocosa titulada “Ni el Iberia ni los Yankes” en la que se burlaba de los dos principales rivales de La Repartiora: Los Yankes, equipo compuesto por jóvenes burgueses, y El Iberia, formado por  mozos de la calle de La Acequia. La letra de la cancioncilla estaba adaptada a la música del chotis de “El Pichi”:

Nadie
desde ahora en adelante,
ni el “Iberia” ni los “Yankes”
ni con su líneas de ataque
hah de poder combatiros
ni el Orihuelal F. C.
¡Hurra!
Hurra los repartidores,
los mayores jugadores,
además de bebedores,
en Madrid como en Dolores,
en el campo ha visto usted.
Tráiganos ya,
para chutar
y “pa” marcar
el primer gol.
Nuestra delantera,
corta el bacalao.
Hay un medio centro
que no está jugaó.
Para hacerlo bien
hay un interior
que en combinación
marca el primer gol.
¡Anda que te zurzan
ese calcetín,
que por la rotura
te vas a salir!
Tú eres “Yankes”, para mí,
un suspiro en pantalón
y tú vas,
detrás de mí,
para chutar y marcar
el gol.
¡Anda que te zurzan
ese calcetín,
que por la rotura
te vas a salir!

Poco después, la afición de Miguel Hernández por el fútbol y, seguramente, la influencia de la “Oda a Platko” de Alberti, llevaron al poeta oriolano a escribir “Elegía-al guardameta”. Esta composición se inspira en un accidente del entonces portero del Orihuela FC, Manuel Soler, Lolo, quien durante un partido se golpeó con el poste y se abrió una enorme brecha en la cabeza. El portero no murió como consecuencia de aquel testarazo, pero Miguel, en un meritorio ejercicio de inventiva, aderezó el suceso con la muerte para completar así el sentido trágico del poema.

A Lolo, sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela.

Tu grillo, por tus labios promotores,
de plata compostura,
árbitro, domador de jugadores,
director de bravura,
¿no silbará la muerte por ventura?

En el alpiste verde de sosiego,
de tiza galonado,
para siempre quedó fuera del juego
sampedro, el apostado
en su puerta de cáñamo añudado.

Goles para enredar en sí, derrotas,
¿no la mundial moscarda?
que zumba por la punta de las botas,
ante su red aguarda
la portería aún, araña parda.

Entre las trabas que tendió la meta
de una esquina a otra esquina
por su sexo el balón, a su bragueta
asomado, se arruina,
su redondez airosamente orina.

Delación de las faltas, mensajeras
de colores, plurales,
amparador del aire en vivos cueros,
en tu campo, imparciales
agitaron de córner las señales.

Ante tu puerta se formó un tumulto
de breves pantalones
donde bailan los príapos su bulto
sin otros eslabones
que los de sus esclavas relaciones.

Combinada la brisa en su envoltura
bien, y mejor chutada,
la esfera terrenal de su figura
¡cómo! fue interceptada
por lo pez y fugaz de tu estirada.

Te sorprendió el fotógrafo el momento
más bello de tu historia
deportiva, tumbándote en el viento
para evitar victoria,
y un ventalle de palmas te aireó gloria.

Y te quedaste en la fotografía,
a un metro del alpiste,
con tu vida mejor en vilo, en vía
ya de tu muerte triste,
sin coger el balón que ya cogiste.

Fue un plongeón mortal. Con ¡cuánto! tino
y efecto, tu cabeza
dio al poste. Como un sexo femenino,
abrió la ligereza
del golpe una granada de tristeza.

Aplaudieron tu fin por tu jugada.
Tu gorra, sin visera,
de tu manida testa fue lanzada,
como oreja tercera,
al área que a tus pasos fue frontera.

Te arrancaron, cogido por la punta,
el cabello del guante,
si inofensiva garra, ya difunta,
zarpa que a lo elegante
corroboraba tu actitud rampante.

¡Ay fiera!, en tu jaulón medio de lino,
se eliminó tu vida.
Nunca más, eficaz como un camino,
harás una salida
interrumpiendo el baile apolonida.

Inflamado en amor por los balones,
sin mano que lo imante,
no implicarás su viento a tus riñones,
como un seno ambulante
escapado a los senos de tu amante.

Ya no pones obstáculos de mano
al ímpetu, a la bota
en los que el gol avanza. Pide en vano,
tu equipo en la derrota,
tus bien brincados saques de pelota.

A los penaltys que tan bien parabas
acechando tu acierto,
nadie más que la red le pone trabas,
porque nadie ha cubierto
el sitio, vivo, que has dejado, muerto.

El marcador, al número al contrario,
le acumula en la frente
su sangre negra. Y ve el extraordinario,
el sampedro suplente,
vacío que dejó tu estilo ausente.

Sirvan estos apuntes para reivindicar que la cultura y el deporte no tienen por qué estar reñidos.

***

Bibliografía
- Antón, A.J. y Becerra, D. (2010). Miguel Hernández. La voz de la herida. Córdoba: Editorial El Páramo.
- Collado, P. (1993). Miguel Herández y su tiempo. Madrid: Ediciones Vosa.
- Ferris, J. L. (2002). Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta. Madrid: Ediciones Temas de Hoy.
- Hernández, M. (2010). Obra completa, Tomo 1, Poesía/Prosas. Madrid: Espasa Libros.
- Pérez, R. (1984, 27 de junio). Ramón Pérez desmiente mucho de lo comentado hasta ahora sobre Miguel Hernández. En Canfali Vega Baja, p. 5.

Sonreídme

Con motivo del centenario del nacimiento de Miguel Hernández en 2010 el Ayuntamiento de Orihuela y la Fundación Cultural Miguel Hernández han impulsado la organización de una serie de actividades conmemorativas. Con ello se pretende recordar al poeta y convertir su imagen en un producto cultural con atractivo turístico.

El caso es que la figura del poeta del rayo cuenta con aristas políticas que dificultan esta operación de marketing:  Miguel fue comunista, se dejó media vida en las trincheras republicanas durante la Guerra Civil y plasmó este compromiso político en su poesía. Por eso, cuando el Ayuntamiento edita un librillo (no sé cómo llamarlo) promocional del centenario, el apartado dedicado al poemario ha de ser (y es) corto y sesgado: sólo incluye doce fragmentos de otros tantos poemas, de los cuales únicamente unos versos de Viento del Pueblo y otros de Canción del esposo soldado dan cuenta de la componente roja y combativa de la vida del autor. Aristas limadas. O casi.

Enfrente estamos los que no nos tragamos el centenario oficial, los que podemos sonreir a Miguel cuando leemos poemas como este:

SONREÍDME

Vengo muy satisfecho de librarme
de la serpiente de las múltiples cúpulas,
la serpiente escamada de casullas y cálices:
su cola puso acíbar en mi boca, sus anillos verdugos
reprimieron y malaventuraron la nudosa sangre de mi corazón.
Vengo muy dolorido de aquel infierno de incensarios locos, de aquella boba gloria: sonreídme.

Sonreídme, que voy
a donde estáis vosotros los de siempre,
los que cubrís de espigas y racimos la boca del que nos escupe,
los que conmigo en surcos, andamios, fraguas, hornos,
os arrancáis la corona del sudor a diario.

Me libré de los templos: sonreídme,
donde me consumía con tristeza de lámpara
encerrado en el poco aire de los sagrarios.
Salté al monte de donde procedo,
a las viñas donde halla tanta hermana mi sangre,
a vuestra compañía de relativo barro.

Agrupo mi hambre, mis penas y estas cicatrices
que llevo de tratar piedras y hachas
a vuestras hambres, vuestras penas y vuestra herrada carne,
porque para calmar nuestra desesperación de toros castigados
habremos de agruparnos oceánicamente.

Nubes tempestuosas de herramientas
para un cielo de manos vengativas
no es preciso. Ya relampaguean
las hachas y las hoces con su metal crispado,
ya truenan los martillos y los mazos
sobre los pensamientos de los que nos han hecho
burros de carga y bueyes de labor.
Salta el capitalista de su cochino lujo,
huyen los arzobispos de sus mitras obscenas,
los notarios y los registradores de la propiedad
caen aplastados bajo furiosos protocolos,
los curas se deciden a ser hombres
y abierta ya la jaula donde actúa de león
queda el oro en la más espantosa miseria.

En vuestros puños quiero ver rayos contrayéndose,
quiero ver a la cólera tirándoos de las cejas,
la cólera me nubla todas las cosas dentro del corazón
sintiendo el martillazo del hambre en el ombligo,
viendo a mi hermana helarse mientras lava la ropa,
viendo a mi madre siempre en ayuno forzoso,
viéndonos en este estado capaz de impacientar
a los mismos corderos que jamás se impacientan.

Habrá que ver la tierra estercolada
con las injustas sangres,
habrá que ver la media vuelta fiera de la hoz ajustándose a las nucas,

habrá que verlo todo notablemente impasibles,
habrá que hacerlo todo sufriendo un poco menos de lo que ahora sufrimos bajo el hambre,

que nos hace alargar las inocentes manos animales
hacia el robo y el crimen salvadores.

Contraofensiva

benedettiLo escuché una noche de otoño, en una vieja sala de cine convertida en teatrito para la ocasión. Él, sentado en una mecedora de rejilla, recitaba sus poemas con entonación melancólica y grave, mientras Daniel Viglietti dejaba escapar una leve melodía entre las cuerdas de su guitarra. Luego, el músico cantaba con voz canosa versos de otro tiempo, de amores y revoluciones.

Aquella noche volví caminando a la residencia de estudiantes en la que vivía. Durante la hora y media que tardé llegar una certera chispa de ingenio de Mario no paró de hacerme cosquillas en la memoria:

Si a uno

le dan

palos de ciego

la única

respuesta eficaz

es dar

palos de vidente.

Contraofensiva, Mario Benedetti

El poeta del rayo

miguelhernandezmedianaMuchas veces intento escribir algo sobre Miguel Hernández (1910-1942), pero siempre, a la cuarta línea, me descubro embargado por la emoción y sin rumbo. Al final, marcha atrás y otra vez será.

Pero hoy coinciden varias circunstancias por las que no puedo rehuir este compromiso latente desde el mismo día en que puse nombre a mi blog. Aunque el aniversario no sea redondo, hoy mismo se cumplen 78 años de la proclamación de la II República Española por la que Miguel dejó parte de su vida en las trincheras durante la Guerra Civil y la otra parte en la cárcel. De hecho, hace poco más de dos semanas (28 de marzo) que se cumplieron 67 años de la muerte de Miguel en una prisión de Alicante. Además, aprovechando la proximidad temporal de estas dos efemérides, varios compañeros de Revolta Global y yo hemos organizado para al próximo sábado un humilde acto de homenaje a Miguel Hernández en Barcelona. Como ven, demasiados motivos para vencer ese obstáculo emocional que me impide escribir del poeta del rayo.

En estas últimas semanas, con objeto de documentarme de cara al homenaje, he estado leyendo la biografía de Miguel Hernández que publicó el poeta y novelista José Luis Ferris en 2002. La obra, cimentada sobre un vasto trabajo de documentación, no sólo me ha dado a conocer algunos matices de la vida de Miguel que hasta ahora desconocía, si no que también me ha permitido profundizar en su obra literaria.

De todos los escritos de Miguel a los que he tenido acceso a partir de la biografía firmada por Ferris, ha habido uno que me ha llamado especialmente la atención por la fuerza que desprende: No dejar sólo a ningún hombre. Se trata de una prosa en la que Miguel narra un crudo pasaje sucedido en noviembre de 1937 en las batallas por la defensa de Madrid. Me voy a permitir aquí la licencia de reproducir un fragmento:

En una de las forzosas retiradas que tuvimos hacia Madrid, en la primera en la que me vi envuelto, me sucedió algo significativo. La artillería, la aviación, los ataques enemigos se cebaban en nuestros batallones…En medio del fragor de la huida, de los cartuchos y de los fusiles que los soldados arrojaban para correr con menor rendimiento, me hirió de arriba abajo este grito: “¡Me dejáis solo, compañeros!” Una bala rasgó por el hombro izquierdo mi chaqueta de pana, que conservaré mientras viva, y las explosiones de los morteros me cegaban y me hacían escupir tierra. “¡Me dejáis solo, compañeros!” Se oían muchos ayes, muchos rumores sordos de cuerpos cayendo para siempre, y aquel grito desesperado, amargo: “¡Me dejáis solo, compañeros!” ¡A mí me faltaba y me sobraba corazón para todo! En aquellos instantes sentí que se me desbordaba el pecho, orienté mis pasos hacia el grito, y encontré a un herido que sangraba como si su cuerpo fuera una fuente generosa. “¡Me dejáis solo, compañeros!” Le ceñí mi pañuelo, mis vendas, la mitad de mi ropa. “¡Me dejáis solo, compañeros!” Le abracé para que no se sintiera más solo. Pasaban huyendo entre nosotros, sin vernos, sin querer vernos, hombres espantados. El enemigo se oía muy cercano. “¡Me dejáis solo, compañeros” le eché sobre mis espaldas; el calor de su sangre golpeó mi piel como un martillo doloroso. “¡No hay quien te deje solo!”, le grité. Me arrastré con él donde quisieron las pocas fuerzas que me quedaban. Cuando ya no pude más le recosté en la tierra, me arrodillé a su lado y le repetí muchas veces “¡No hay quien te deje solo, compañero!” Y ahora, como entonces, me siento en disposición de no dejar solo en sus desgracias a ningún hombre.

Os invito a que leáis a Miguel Hernández. En él encontraréis el ímpetu de la naturaleza hecho poesía. Asimismo, si vivís en Barcelona, también os invito al acto de homenaje que tendrá lugar el sábado 18 de abril a las 19:30h en el Ateneu Rebel del Poble Sec (carrer Font Honrada 32-34).