Salí de casa advertido por el siguiente tweet:
Según este y otros mensajes que circulaban por las redes sociales el despliegue policial de los Mossos d’Esquadra en las inmediaciones de la Plaça Universitat era brutal. Y no tardé en comprobarlo…
Cuando subía junto a mi amigo C por Ronda Universitat camino de la plaza me encontré con cuatro grupos de antidisturbios. Situados en ambas aceras de la calle, los policías retenían, pedían la documentación, registraban y cacheaban a toda persona sospechosa de acudir a la manifestación.
Mi amigo C y yo, ambos disidentes, no estábamos por la labor de facilitarle el trabajo a la policía, así que intentamos burlar los controles caminando por enmedio de la calzada y esquivando los pocos coches que a esa hora circulaban por la Ronda. Pero cuando creíamos que ya habíamos superado el cordón de los Mossos, cometí el gran error de desenfundar mi Handycam y comenzar a filmar uno de los controles. Poco más de 16 segundos de plano general tomado a pulso, desde lejos y con un zoom óptico nefasto. Apenas capté nada. Apagué la cámara, y me quedé mirando al otro lado de la calle, donde había un grupo de policías disfrazados, supuestamente, de manifestantes violentos. De pronto, un policía se dirigió a mí por la espalda:
- Oiga, el de la cámara, venga aquí conmigo. Documentación, por favor.
Yo me giré y le entregué mi DNI. El policía me indicó con la mano que me acercase a la pared de un edificio próximo. En esto estaba cuando una alguien se dirigió al agente y le pidió explicaciones:
- ¿Por qué os lleváis al chaval?
El agente, airado, respondió:
- Porque estaba grabando un control policial.
Sin más.
Entonces el policía se acerca a mí y, con tono irritado, me pregunta:
- ¿Te han convencido mis explicaciones? ¿Te han convencido? ¿Eh?
Al escuchar esto, percibí que el agente tenía ganas de buscarme las cosquillas, así que opté por callarme y no contestar. Mientras tanto, un compañero del agente indicó tanto a quien había formulado la pregunta y como a mi amigo C que se marchasen. Los empujó y e intentó alejarlos del lugar.
Cuando yo ya estaba junto a la pared, vino otro policía más joven y se llevó mi DNI. Mientras, el agente que me había retenido me ordenó que vaciase mis bolsillos y le mostrase las imágenes que había grabado. Saqué llaves, billetera y móvil y los dejé en el suelo. Después encendí la cámara. Estaba nervioso y me temblaban las manos. La ofuscación me impedía encontrar el modo de poder ver las imágenes en el visor. El agente se percató y me espetó:
- ¿Qué pasa? ¿No encuentras lo que has grabado o qué?
En un primer momento tuve la tentación de contarle la verdad: era la segunda vez que utilizaba esa Handycam, que es de mis padres, y no tenía ni idea de cómo podía hacer para acceder al menú de visualización. Pero pensé un par de segundos y opté por callar. Y acerté.
Sin saber ni cómo ni por qué, conseguí que en el visor apareciese el clip de vídeo de la discordia y le expliqué al agente que era un plano general en el que no se podía identificar a nadie. Él miró el vídeo durante dos o tres segundos, no más. Entonces me indicó que dejase la cámara en el suelo y que me pusiese mirando a la pared y con los brazos en alto. Obedecí. Me cacheó de arriba abajo y en mis bolsillos sólo encontró un flayer con los menús de un bar. Quizá frustrado por el pírrico hallazgo, el agente volvió a meter el papelito en mi bolsillo trasero del pantalón.
Tras el registro, transcurrieron más de diez minutos en los que estuve de pie plantón custodiado por el mismo agente que había retenido. Durante este tiempo, me desbordaban las ganas de pedir explicaciones, pero me controlé y me mantuve en silencio.
Mientras, seguían las identificaciones frente a mí. Un joven que había sido retenido por un par de agentes, protestó por la presión a la que la policía estaba sometiendo a los manifestantes:
- Esto parece una dictadura –dijo el chaval, indignado.
A lo que el Mosso que me custodiaba respondió con tono grave:
- Esto es un estado de derecho.
El joven no se mordió la lengua y contestó:
- Lo que es esto es un estado de derechas.
No pude contener la sonrisa. Entonces el agente me miró, y al ver mi gesto me preguntó:
- ¿Qué pasa? ¿Te han hecho gracia mis palabras? Es que si quieres tengo más para tí. Tengo más, ¿sabes?
Lo tenía calado: buscaba provocarme para que, al más mínimo desliz por mi parte, tener algo de qué acusarme. Así que callé y miré al frente con semblante serio.
Pasados unos minutos, volvió el agente joven y me devolvió el carnet.
- Muchas gracias, ¿me puedo ir ya? –pregunté.
- Sí –contestó seco el agente que me había retenido y custodiado.
Cogí mis cosas y fui al encuentro de mi amigo C, que me había estado esperando pacientemente. Juntos, marchamos a la Plaça Universitat, desde donde poco después partiría la marcha.
Por cierto, a pesar del hostigamiento al que nos sometieron los Mossos, la manifestación fue todo un éxito: alrededor de 22.000 asistentes y un gran ambiente.
Estamos perdiendo el miedo…
Nota: los primeros segundos de este vídeo se corresponden con la grabación tras la cual me retuvieron.

El pasado jueves 26 de marzo, poco más de una semana después del miércoles negro, la Coordinadora d’Assablees d’Estudiants (CAE) y el Sindicat d’Estudiants dels Països Catalans (SEPC) convocaron una huelga de universidades en protesta por la represión policial contra el movimiento estudiantil en Barcelona. La jornada de movilización culminó con una manifestación vespertina abierta a la participación de los movimientos sociales y a la población civil barcelonesa.
A día de hoy casi todas y todos habréis visto ya los vídeos de las brutales cargas policiales del pasado miércoles 18 de marzo en Barcelona. No tiene sentido, pues, que haga ahora una crónica formal de lo sucedido. Casi todo está dicho ya…

