Algunos pensábamos que la mayoría de los mass media que, hasta lo sucedido en el Parlament de Catalunya, todavía no habían abierto la veda contra el movimiento, ya estaban tardando demasiado en servir los intereses de quien les paga. Pero hay que reconocer que anteayer, en el contexto de una acción pacífica de desobediencia civil, hubo una minoría que se extralimitó –no era necesario escupir, pintar y zarandear a los diputados para explicitar la protesta– y sirvió en bandeja de plata la excusa que necesitaban los medios para precipitar su vuelta al redil.
Lo que vino después de los incidentes, ya lo sabemos: identificación del todo con la parte, criminalización del movimiento, deslegitimación de los objetivos políticos de las movilizaciones y reivindicación del “uso legítimo de la violencia” policial para reprimir tanto ésta como las próximas protestas ciudadanas. La normalidad, vamos.
Además, tanto empeño dedicaron los medios poner en marcha de esta operación de desprestigio a los indignados que se olvidaron de hablar de la otra violencia, la de los recortes sociales que se aprobaron en el Parlament. Esa impune violencia de ley que golpea sin escrúpulos a la sanidad y a la educación públicas, garantes del ápice de justicia social que toda democracia requiere para empezar a ser digna de ese nombre.
A partir de ahora, sin los gestos cómplices de los mass media, el movimiento tendrá que redoblar sus esfuerzos para mantener e intentar ampliar el respaldo social del que goza. El camino parece claro: evitar provocaciones, insistir en la estrategia no violenta y seguir explotando las posibilidades de comunicación directa que ofrecen las redes sociales de internet, el boca a boca y las asambleas de barrio. Y el primer paso hay que darlo el 19J.
En las últimas semanas el enfoque con que los mass media han tratado las noticias relacionadas con las huelgas generales de España y Francia se ha caracterizado por una hostilidad implícita hacia las movilizaciones. Este sesgo informativa se ha construido, en la mayoría de los casos, sobre dos pilares: la criminalización de los huelguistas y la victimización de quienes no secundan el paro.
En el caso del 29S en España, unos incidentes violentos que tuvieron lugar en el centro Barcelona coparon los titulares de la prensa estatal en los días posteriores a la movilización. Con ello, los mass media convirtieron lo anecdótico en argumento principal de sus boletines y regalaron el papel de protagonista de la huelga a la minoría que participó en los altercados. Dió igual que el seguimiento de la jornada de paro fuese superior al que muchos pensaban, que a las distintas manifestaciones que discurrieron pacíficamente por las calles de las principales ciudades del Estado acudiesen más de un millón de personas, o que en muchas de esas manifestaciones se escuchasen voces críticas con la política pactista de los sindicatos mayoritarios. Nada interesaba más que el coche quemado y las barricadas de contenedores en las calles…
Por otro lado, los mass media están poniendo el foco informativo sobre cómo afecta la huelga a aquellas personas que han decidido no secundar el paro. Así, se presenta al esquirol como un sufrido ciudadano que, bien quiere ejercer su derecho al trabajo (¿?) y no puede porque la huelga del transporte le impide llegar a su destino, bien quiere llenar el depósito de su coche y pierde tiempo por las largas colas que se organizan en las gasolineras…
Vamos, que la huelga es una molestia y los huelguistas unos pelmazos coactivos que ponen palos en las ruedas del carro de quienes, libremente, deciden seguir con su rutina (llevar los niños al cole, ir al trabajo, salir de compras, etc.) en día de huelga. Por supuesto, ni se menta que son los huelguistas (que, ni mucho menos, son todos liberados sindicales) quienes están sacrificando un día de sueldo en pos de conservar los derechos de todos, ni tampoco que si la presión social de la movilización consigue que el gobierno se eche atrás en sus reformas, los esquiroles también se beneficiarán del logro aunque no hayan movido un dedo para que se haga posible.
La indignación por estas malas prácticas informativas está más justificada, si cabe, si atendemos a la circunstancia de que los medios de comunicación públicos han participado activamente de la treta. Eso sí, esta vez han sido más sutiles que el 20J de 2002: no han silenciado el seguimiento del paro, pero han tratado de deslegitimar la huelga criminalizando a los huelguistas y compadeciendose de los esquiroles. Después de ocho años, pues, han cambiado las caras y las formas, pero en lo esencial, seguimos igual: sufriendo la manipulación informativa en días de huelga.
Dejo aquí un par de ejemplos que ilustran las tesis de mi post.
El primero de ellos se corresponde con una entrevista al profesor Francisco Fernández Buey en el programa ‘Asunto del día’ de Radio 5. El título del corte, ‘Los antisistemas son una minoría’, nos da una pista sobre lo que encontraremos si lo escuchamos: el periodista reinterpreta varias de las respuestas de FFB e intenta desvirtuar el sentido de las mismas. Como no podía ser de otra manera, el profesor termina poniendo las cosas en su sitio.
El segundo ejemplo es el vídeo de una noticia que trata la huelga general de Francia y que se construye sobre los dos pilares que he comentado en el post: la criminalización de los huelguistas y la victimización de quienes optan por seguir con su rutina pese a la convocatoria de paro.