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El mal estudiante

Todos, alguna vez, hemos sido testigos, cuando no protagonistas, de escenas en las que el mal estudiante improvisaba una excusa inverosímil para salir del paso cuando era descubierto por el profesor con los deberes sin hacer. En algunos casos, cuando la irresponsabilidad era flagrante y se convertía en tónica, el suspenso se consumaba. Entonces, si el estudiante era malo de pura cepa, intentaba urdir una trama conspiranóica poco original con la que justificar el descalabro académico, ahora ante sus padres: que si el profesor le tenía manía, que si tal compañero le distraía en clase, que si el mundo estaba en su contra con lo bueno que era él…

Este comportamiento que hoy, con el paso de los años, juzgamos como inmaduro, guarda un estrecho paralelismo con la postura oficial del PSOE a la hora de justificar ante el electorado de izquierdas la debacle electoral del 22M y las dificultades para lograr el apoyo de otros partidos allá donde necesita pactar para gobernar. ¿Autocrítica? Eso queda para los demás. Por ejemplo, para IU, cuyos votos necesita el PSOE para acceder al poder en varios ayuntamientos y en la Junta de Extremadura. En estos casos, si IU ha planteado alguna condición programática para el acuerdo o ha decidido abrir un proceso interno de reflexión sobre la conveniencia del pacto, la reacción del PSOE y sus acólitos mediáticos ha respondido al mismo patrón que siguen las cantinelas del mal estudiante: el de eludir responsabilidades y culpar a otros de los propios males e incapacidades.

Lo último ha sido rescatar el fantasma de “la pinza”. Según esta teoría, IU y PP mantienen una alianza contra natura para torpedear gobiernos del PSOE e impedir así la formación “mayorías de izquierdas”. Sería, pues, algo así como una reedición de la estrategia desgaste que, según el Grupo PRISA, acordaron Anguita y Aznar en los 90 para tumbar al gobierno de Felipe González. Lo dicho: el mundo está contra el PSOE…y no viene de ahora, sino de hace años.

Como excusa infantil, este ejercicio de inventiva exculpatoria puede ser hasta gracioso por inocente. Pero cuando quien recurre a este tipo de argumentos es un partido de Gobierno, hay que ponerse en alerta y buscar el gato encerrado. En este caso, la elucubración de tan enrevesados planes conspirativos pretende amagar la autocomplacencia y el narcisismo político en que han caído quienes, por el mero hecho de llamarse socialistas, se consideran acreedores del vasallaje de toda la izquierda política y social. No hay nada más que atender a José Bono, quien ayer mantenía turbios negocios con ‘El Pocero’ y hoy ataca a IU por mantener su soberanía y no doblegarse a las primeras de cambio ante las necesidades institucionales del PSOE.

En cualquier caso, les entiendo si no me creen. Al fin y al cabo el PSOE siempre guarda en la recámara un argumento innovador con el que desmontar ésta y tantas otras críticas que se le puedan plantear. ¿Quieren alguno? El que escribe esto es el profesor que tiene manía al PSOE. O quizá el compañero que distrae a los socialistas en clase. O mejor aún, forma parte del contubernio que pone al mundo en contra del partido del Gobierno…

Frente a la crisis, la izquierda se mueve

Si el significado original de la palabra crisis es cambio, se podría decir que, en el plano político-económico, el cambio que vivimos sólo conoce un sentido: la derecha. Desde el crack de 2008 hasta hoy, ha dado igual el color polítco del partido en los gobiernos de los estados y regiones de Europa. Todos se han plegado ante las directrices del Fondo Monetario Internacional y han aplicado las mismas políticas de recortes sociales. En este contexto, la izquierda social ha intentado plantar cara a esta ofensiva capitalista con desigual fuerza dependiendo del país, aunque en ningún caso ha conseguido frenar las medidas que desde el poder se vendían como ineludibles.

En el caso del Estado Español, el hecho de que el partido del Gobierno fuese nominalmente de izquierdas ha retraido a las cúpulas de los sindicatos mayoritarios a la hora de optar por una estrategia de movilizaciones frente a las reformas laboral y del sistema de pensiones. Temían que este planteamiento pudiese desgastar al Gobierno de Zapatero y, con ello, allanar el camino para la vuelta al poder de la derecha sin complejos, el PP. Esta circunstancia, junto con la anemia que padecen los partidos políticos y movimientos de base a la izquierda del PSOE, ha propiciado que en la calle no se percibiese en ningún momento una tensión social generalizada. Ni siquiera en vísperas del 29S, cuando eso que los más viejos llaman “ambiente de huelga” sólo se respiraba en círculos reducidos de militantes hiperconcienciados. Así, articular e impulsar respuestas sociales a la crisis ha sido y está siendo imposible. Y la derecha está ganando la batalla.

Pero a pesar de lo negro que pueda parecer el panorama, hay algún motivo para la esperanza. El principal, por ser buen punto de partida, es que la masa crítica que empieza a ser consciente de la propia crisis de la izquierda está creciendo en todos los partidos y movimientos con vocación transformadora. Cada vez más militantes y activistas huyen de análisis autocomplacientes y sectarios y se cuestionan si el marco organizativo en el que desarrollan su actividad política es mejorable, si quizá sería interesante buscar el entendimiento con otros para llevar a cabo tal o cual acción o campaña y así tejer redes sociales más amplias…

Este proceso de reflexión abierto en el seno de la izquierda está dando lugar a la creación de espacios de debate más o menos abiertos en los que se llama a la confluencia de gentes de distintos colectivos y simpatizantes no organizados. El objetivo es poner en común experiencias y propuestas e intentar llegar a acuerdos de mínimos para articular propuestas políticas unitarias. Así, gentes del entorno de Izquierda Unida han impulsado las llamadas Mesas de Convergencia, que pretenden reformular el proyecto frustado de Refundación para relanzar un proceso de debate entre las bases sociales de la izquierda. Como decía Hugo Martínez Abarca, la idea es la de convocar algo así como los Estados Generales de la izquierda. De momento, el pasado sábado se celebró una primera asamblea en Madrid que contó con la asistencia de más de un millar de personas. Falta ver ahora si la propuesta cuenta con la fuerza y la organización suficientes como para materializarse y tener continuidad en otras ciudades más pequeñas del Estado.

Otra de las propuestas de confluencia que más expectación levanta es Proyecto Equo. Encabezado por el ex director de Greenpeace España, Juan López de Uralde, Equo nace con el propósito de crear un partido verde de ámbito estatal que en 2012 esté en condiciones de presentarse a las elecciones generales y obtener representación parlamentaria. Pero antes de llegar a la cita con las urnas, uno de los retos más importantes que ha de afrontar este nuevo ente es la de convencer a los distintos partidos y organizaciones verdes ya existentes de que se sumen al proyecto. Se prevee que Coordinadora Verde (que agrupa a gentes de base de distintos partidos verdes del Estado) y algunas organizaciones que forman parte de Espacio Plural (plataforma de partidos verdes y nacionalistas encabezados por Iniciativa per Catalunya) se acaben incorporando. No obstantante, a día de hoy, el proyecto todavía navega en un mar de dudas e inconcreciones que impiden que se pueda considerar a Equo como una alternativa seria.

Por otro lado, resulta muy interesante echar un vistazo a los debates y las alianzas que se están produciendo en el seno de la izquierda radical catalana. Uno de estos movimientos se ha concretado en Des de Baix, una coalición formada con ocasión de las elecciones al Parlament de Catalunya de 2010 y que está integrada por Revolta Global – Esquerra Anticapitalista, Corrent Roig, Lluita Internacionalista y algunos independientes. Así, pese a que los resultados en los comicios catalanes fueron discretos, la experiencia unitaria fue valorada positivamente y se decidió en asamblea dar continuidad al proyecto por considerarlo un buen marco para el trabajo común. En estas circunstancias, y ante la proximidad de las elecciones municipales, el debate se plantea en torno a la posible alianza de Des de baix con la Candidatura d’Unitat Popular (CUP) en Barcelona ciudad (para quien no esté al tanto, la CUP es un partido político asambleario que aglutina a buena parte de la izquierda independentista catalana y que desarrolla su acción política a nivel municipal en Catalunya y País Valencià). De momento no hay nada confirmado, pero de producirse un acuerdo se estaría alumbrando una experiencia política muy interesante por ser integradora de las distintas ramas de la izquierda alternativa barcelonesa.

Por último, es preciso hacer referencia al proceso que ha llevado a la izquierda abertzale a replantear su estrategia política, condenar la violencia de ETA, sumar nuevos militantes y crear el partido Sortu. Se trata de un decisión unilateral muy importante para la normalización de la vida política en Euskadi. Este paso adelante en el camino hacia la paz ha tenido una buena acogida entre distintas organizaciones nacionalistas y de izquierdas de Euskadi (Eusko Alkartasuna, Aralar, Ezker Batua, Alternatiba y Antikapitalistak), las únicas que están demostrando estar a la altura de las circunstancias. Ahora que la Fiscalía General del Estado ha presentado al Tribunal Supremo una petición de de ilegalización de Sortu, el apoyo de la izquierda a quienes han decidido dejar atrás la connivencia con la lucha armada como medio para hacer política es crucial. No hay vuelta atrás.

La izquierda, pues, no está tan muerta como se podría pensar. Está debil, sí. Quizá demasiado. Pero aun así no para de moverse, de replantearse cosas que hasta ahora daba por sentadas, de encontrarse para dialogar, para discutir, para proponer. Falta que estos proyectos que ahora surgen como diferentes polos de la izquierda se consoliden cada uno en su ámbito y que, a medio plazo, alcancen la madurez suficiente como para dialogar también entre sí con respeto. Sólo de esta manera, sin prejuicios y con trabajo y voluntad de cooperación, la izquierda podrá ofrecer propuestas políticas sólidas frente a la ofensiva de la derecha.

Ante el proceso asambleario de Izquierda Unida

Los funestos resultados en los comicios del pasado 9 de marzo han forzado a la dirección de Izquierda Unida (IU) a abrir un proceso de reflexión y diálogo acerca del pasado, presente y futuro de la organización que aspira a ser referente de la izquierda alternativa en el Estado español. Así que, con el terreno abonado y las lluvias primaverales, militantes a título individual o agrupados en corrientes y contracorrientes se han lanzado a la siembra de manifiestos con la idea de que roji-verdee el campo a su gusto en la asamblea de de noviembre.

Ha habido escritos para todos los gustos: desde más concretos como el de Julio Anguita (IU: un proyecto político en vías de extinción) hasta más generales como el de la llamada ‘Tercera Vía’ (Creemos en el futuro de Izquierda Unida), de vocación más transformadora como el firmado por Manuel Monereo y Ginés Fernández (Izquierda Unida: ¿Por qué es necesario un proyecto autoinstituyente?) hasta más continuistas como el que encabeza Llamazares (Por un proceso constituyente para una Izquierda Unida abierta). Así se podría seguir con la retahíla hasta contabilizar no menos de cincuenta manifiestos. Pese a las diferencias entre unos y otros, hay denominadores comunes que apuntan a un análisis irrefutable, a saber: la necesidad de profundizar en la democracia interna, de dar la palabra a las bases e incluso de renovar los altos cuadros.

El pasado sábado, con motivo de la reunión del Consejo Político Federal (CPF) era el momento de que las declaraciones de intenciones dispersas se agrupasen, hiciesen síntesis y presentasen sus cartas boca arriba. Las negociaciones previas fructificaron en tres documentos: además de los citados ‘Creemos en el futuro de Izquierda Unida’ y ‘Por un proceso constituyente para una Izquierda Unida abierta’, el sector más crítico con la actual diracción, heredero de la candidatura de Enrique Santiago en la VIII Asamblea de IU, presentó el manifiesto ‘Una Izquierda Unida anticapitalista, republicana, federal y alternativa, organizada como movimiento político y social’.

Al margen de mayores consideraciones sobre el despropósito que fue el votar que no se votasen cada uno de los documentos, o la simpatía que me pueda despertar uno u otro escrito, quiero llamar la atención sobre algo en lo que considero que están reparando muy pocos y pocas: se da la paradoja de que, pese a que los tres documentos políticos presentados hablan de que el proceso de refundación de IU ha de partir de las bases, ninguno de estos escritos ha sido debatido en asambleas locales, comarcales, provinciales, etc. previamente a ser presentado en el CPF. La excepcionalidad formal del proceso asambleario, en el sentido que unos y otros reivindicaban, (el de que las bases fuesen las que llevasen la iniciativa en el debate) ha sido fulminada a las primeras de cambio y, lejos de haber dejado completamente abierto el proceso, se ha predeterminado el debate desde los tres frentes existentes en la cúpula.

El proceso asambleario está precocinado y las trincheras cavadas. Así las cosas, todo apunta a que, en caso de que se planteen debates en los colectivos de base, va a ser difícil evitar la confrontación y la Asamblea Federal de noviembre no será sino un choque de trenes, una mera reproducción ampliada del desastre a tres bandas del pasado sábado.

Quizás sería interesante que los afiliados y afiliadas afrontasen el proceso asambleario ignorando los documentos de la(s) ponencia(s) y profundizando en un debate sin tutelas ni predeterminaciones. Debate que debería ser abierto a todas los movimientos sociales y políticos de la izquierda alternativa. Debate de base y vivo que nos ha de conducir al nacimiento de una nueva organización con menos vicios y más ilusiones.

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