“Usted ya sabe lo que ocurriría si hubiese elecciones anticipadas; no sólo ganaría el PP, sino que ampliaría su mayoría claramente”
FRANCISCO CAMPS, PRESIDENT DE LA GENARALITAT VALENCIANA
Sin que sirva de precedente, he de reconocer que el Molt Honorable tiene razón. A buena parte de sus votantes se la trae al pario que el PP se haya podido financiar ilegalmente, que sus cargos institucionales hayan recibido regalos a cambio de favores a empresas dirigidas por un yupi engominado que se hacía llamar “Don Vito”, o que dichos negocios hayan funcionado a modo de aspiradora de dinero público. Da igual, el PP es el Partido, y en situaciones como esta es cuando cobra pleno sentido el adjetivo que le da nombre: popular.
Pero ¿sobre qué pilar se asienta esta popularidad aparentemente indestructible? Básicamente sobre éste: el PP, independientemente de que tenga o no el poder político, representa los intereses del poder económico, que es el primer poder en cualquier democracia occidental (el PODER con mayúsculas, el PODER que todo puede). Así que, en cierto modo, el partido es visto como un padre omnipotente, igualmente capaz de reactivar la maquinaria de la construcción que ha dado trabajo a buena parte de tu familia, que de echarte un cable administrativo cuando te acabas de levantar una casa en terrenos no urbanizables. Vamos, que está dispuesto a sacarte de cualquier entuerto salvando tantos obstáculos como haga falta (racionalidad, legislación, etc.).
A tenor de lo anterior, la solidez de la popularidad del PP no se puede explicar sino como consecuencia del modelo de relación clientelar (fundamentado en la trampa y la complicidad) que el partido ha establecido con buena parte de su electorado. Y no es casual que sea éste el mismo modelo relacional que, trasladado a la escala de las altas esferas del poder económico, ha dado lugar a las corruptelas que se están desvelando con el caso Gürtel.
Hasta los árboles más altos enraízan en el suelo.
