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Sobre el discurso Álex de la Iglesia en la Gala de los Premios Goya

Pese a que debería haberlo hecho antes, hasta hoy no me había puesto a leer sobre la polémica que ha llevado a Álex de la Iglesia a dimitir como Presidente de la Academia del Cine. Había oído algunas cosas y había leído algún titular de forma aislada, pero no estaba, ni mucho menos, informado.

Ahora tampoco lo estoy del todo (todavía tengo pendiente leerme el sucedáneo de Ley Sinde que pactaron PSOE y PP y algún artículo de opinión más), pero he de reconocer que, tras escuchar el dicurso pronunciado por Álex de la Iglesia en la Gala de los Premios Goya celebrada ayer, empecé a entender los motivos que habían llevado al director bilbaíno a dimitir como Presidente de la Academia del Cine. Y hoy, tras leer algunas cosas (como ésta, ésta de aquí o ésta otra) casi que lo entiendo todo.

Y es que mensajes como los que lanzó ayer Álex en su discurso (“las reglas del juego han cambiado”, “A los internáutas no les gusta que les llamen así. Ellos son CIUDADANOS, sencillamente gente, son nuestro PÚBLICO”, “internet es, precisamente, la SALVACIÓN de nuestro cine”, “Sólo ganaremos al futuro SI SOMOS NOSOTROS LOS QUE CAMBIAMOS, los que innovamos, adelantándonos con propuestas imaginativas, creativas, aportando un NUEVO MODELO DE MERCADO que tenga en cuenta a TODOS los implicados”, “hacemos cine porque los ciudadanos NOS PERMITEN hacerlo, y les debemos respeto, y agradecimiento”), pese a no proponer nada que pueda ser considerado revolucionario, señalan verdades tan de perogrullo como molestas para eso que llaman la industria cultural española. Una industria acomodada que pretende seguir obteniendo pingües beneficios mientras vive ajena a los cambios en las formas de acceso a sus productos por parte del público.

Entiendo que Álex de la Iglesia haya dimitido. Pese a los comprometidos aplausos de ayer a su discurso, creo que estaba solo (o casi) en la Academia. Y comparto lo que dijo, empezando por lo fundamental: el respeto que debe la industria los ciudadanos. Sobre todo, porque es moralmente reprobable que se acuse de ladrones a quienes comparten archivos en internet mientras se vive protegido entre los algodones de un sistema de subvenciones hecho a medida de la trampa. Eso por no entrar en la consideración, más controvertida y subjetiva, de si todo lo que produce la industria es susceptible de ser considerado cultura (y por lo tanto, con derecho a ayuda pública) o no.

De lo que no cabe duda es de que si la industria quiere sobrevivir en este contexto tendrá que atender a lo que ayer dijo Álex: ponerse manos a la obra, cambiar el chip y desarrollar formas de comercialización y distribución de sus productos en internet. Si no, todo su montaje se irá al garete. Y eso no supondrá el fin del cine, ni el fin de la cultura, sino el fin de una determinada forma de producir, distribuir y comerciar.

 

Discurso de Álex de la Iglesia en los Goya: ’Internet es la salvación de nuestro cine’

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Gran Torino

gran-torino-posterEastwood interpreta a Walt Kowalsky, un personaje de perfil tan estereotípico como detestable: se trata de un viejo americano esencialista, de conservadurismo fraguado en guerra, que ve en la inmigración y en la crisis ética de las nuevas generaciones las causas de la pérdida de valores tradicionales de la sociedad americana. Para este abuelo arisco de perfil republicano, como para los viejos héroes del western o para la mayoría de los miembros de la Asociación Nacional del Rifle, la justicia se dictamina en primera persona y se hace efectiva a tiros.

El viejo Kowalsky, que acaba de enviudar, alimenta su resentimiento con el mundo en la soledad de una casa enclavada en un barrio de Michigan concurrido por inmigrantes. Allí vive viendo pasar el tiempo, únicamente acompañado por su perra, su coche deportivo modelo Gran Torino del 72 y latas cerveza fría.

Junto a la casa de Kowalsky vive una familia de la etnia Hmong con dos hijos: el tímido e inocente Thao y la honesta e inteligente Sue. Un día Thao es reclutado por su primo Spider para formar parte de una banda callejera del barrio. La prueba de fuego que le proponen los pandilleros al joven será robar el Gran Torino de Kowalsky. El hurto queda en tentativa cuando el viejo sorprende in fraganti a Thao en el garaje y el joven consigue huir de la amenaza de la escopeta de Kowalsky.

Días más tarde Spider y su banda van a casa de Thao con la intención de que el joven marche con ellos. La negativa de Thao y de su familia da lugar a la violencia de los pandilleros, que quieren llevárselo a la fuerza. En esas circunstancias el viejo Kowalsky irrumpe en medio de la trifulca y disuade a la banda con su escopeta.

A partir de ese momento la familia Hmong agradece a Kowalsky su intervención y le ofrece regalos que el viejo se niega a aceptar en un principio. Asimismo, para reparar el honor de la familia tras el incidente del robo, la madre le propone a Kowalsky que Thao le ayude en las tareas que el viejo requiera.

Poco a poco el viejo va tomando confianza con Sue y Thao, a quien consigue encontrarle un trabajo en la construcción. Pero la banda de Spider continúa acosando a ambos jóvenes y a su familia, ante lo que Kowalsky se siente con la responsabilidad moral de poner freno a lo que se está convirtiendo en un abuso.

El toque de atención de Kowalsky a uno de los pandilleros no sirve si no para motivar una reacción aún más cruda por parte la banda. Ante lo insostenible de esta situación el viejo planea una forma para terminar de una vez por todas con la banda…

Evidentemente, hay mucho más: subtramas, escenografía, música,… y ¡qué final! Lamento dejaros con la miel en los labios, pero no quiero destrozaros una posible buena tarde de cine. Así que, si tenéis la oportunidad de ver Gran Torino (si puede ser, mejor en versión original subtitulada), no la desperdiciéis.