Muchas veces intento escribir algo sobre Miguel Hernández (1910-1942), pero siempre, a la cuarta línea, me descubro embargado por la emoción y sin rumbo. Al final, marcha atrás y otra vez será.
Pero hoy coinciden varias circunstancias por las que no puedo rehuir este compromiso latente desde el mismo día en que puse nombre a mi blog. Aunque el aniversario no sea redondo, hoy mismo se cumplen 78 años de la proclamación de la II República Española por la que Miguel dejó parte de su vida en las trincheras durante la Guerra Civil y la otra parte en la cárcel. De hecho, hace poco más de dos semanas (28 de marzo) que se cumplieron 67 años de la muerte de Miguel en una prisión de Alicante. Además, aprovechando la proximidad temporal de estas dos efemérides, varios compañeros de Revolta Global y yo hemos organizado para al próximo sábado un humilde acto de homenaje a Miguel Hernández en Barcelona. Como ven, demasiados motivos para vencer ese obstáculo emocional que me impide escribir del poeta del rayo.
En estas últimas semanas, con objeto de documentarme de cara al homenaje, he estado leyendo la biografía de Miguel Hernández que publicó el poeta y novelista José Luis Ferris en 2002. La obra, cimentada sobre un vasto trabajo de documentación, no sólo me ha dado a conocer algunos matices de la vida de Miguel que hasta ahora desconocía, si no que también me ha permitido profundizar en su obra literaria.
De todos los escritos de Miguel a los que he tenido acceso a partir de la biografía firmada por Ferris, ha habido uno que me ha llamado especialmente la atención por la fuerza que desprende: No dejar sólo a ningún hombre. Se trata de una prosa en la que Miguel narra un crudo pasaje sucedido en noviembre de 1937 en las batallas por la defensa de Madrid. Me voy a permitir aquí la licencia de reproducir un fragmento:
En una de las forzosas retiradas que tuvimos hacia Madrid, en la primera en la que me vi envuelto, me sucedió algo significativo. La artillería, la aviación, los ataques enemigos se cebaban en nuestros batallones…En medio del fragor de la huida, de los cartuchos y de los fusiles que los soldados arrojaban para correr con menor rendimiento, me hirió de arriba abajo este grito: “¡Me dejáis solo, compañeros!” Una bala rasgó por el hombro izquierdo mi chaqueta de pana, que conservaré mientras viva, y las explosiones de los morteros me cegaban y me hacían escupir tierra. “¡Me dejáis solo, compañeros!” Se oían muchos ayes, muchos rumores sordos de cuerpos cayendo para siempre, y aquel grito desesperado, amargo: “¡Me dejáis solo, compañeros!” ¡A mí me faltaba y me sobraba corazón para todo! En aquellos instantes sentí que se me desbordaba el pecho, orienté mis pasos hacia el grito, y encontré a un herido que sangraba como si su cuerpo fuera una fuente generosa. “¡Me dejáis solo, compañeros!” Le ceñí mi pañuelo, mis vendas, la mitad de mi ropa. “¡Me dejáis solo, compañeros!” Le abracé para que no se sintiera más solo. Pasaban huyendo entre nosotros, sin vernos, sin querer vernos, hombres espantados. El enemigo se oía muy cercano. “¡Me dejáis solo, compañeros” le eché sobre mis espaldas; el calor de su sangre golpeó mi piel como un martillo doloroso. “¡No hay quien te deje solo!”, le grité. Me arrastré con él donde quisieron las pocas fuerzas que me quedaban. Cuando ya no pude más le recosté en la tierra, me arrodillé a su lado y le repetí muchas veces “¡No hay quien te deje solo, compañero!” Y ahora, como entonces, me siento en disposición de no dejar solo en sus desgracias a ningún hombre.
Os invito a que leáis a Miguel Hernández. En él encontraréis el ímpetu de la naturaleza hecho poesía. Asimismo, si vivís en Barcelona, también os invito al acto de homenaje que tendrá lugar el sábado 18 de abril a las 19:30h en el Ateneu Rebel del Poble Sec (carrer Font Honrada 32-34).




