Todas las elecciones presidenciales norteamericanas que he seguido desde que tengo uso de razón lo mismo han hecho correr ríos de tinta en la prensa escrita que han secado la boca a cientos de tertulianos tanto en los medios como en la calle. Yo siempre he atribuido este revuelo informativo al hecho de que el elegido (hasta ahora siempre han sido hombres) es el hombre con mayor poder de decisión en el mundo, y también, por qué no decirlo, a la mezcla de atracción y extrañeza que despierta en Europa la fórmula de política-espectáculo que caracteriza a los comicios presidenciales de Estados Unidos (EE UU).
Ante las elecciones del pasado 4 de noviembre de 2008 el peso político en la escena internacional del Presidente de los EE UU era mayor, si cabe, que en anteriores citas. En los últimos ocho años la política exterior de la administración de George W. Bush se había guiado por el precepto de reforzar la hegemonía estadounidense a nivel internacional hasta hacerla incontestable. Para, ello el gobierno norteamericano no dudó en fulminar la legitimidad de Organización de las Naciones Unidas (ONU) ante asuntos como la Guerra de Irak o el Protocolo de Kioto. Con esto se podía decir que el jefe del mundo iba a ser, si cabe, más jefe todavía.
Pero además, la última cita electoral tuvo un condicionante diferencial respecto a las anteriores que hizo que el revuelo informativo fuese más allá y se transformase en ilusión social: el candidato demócrata Barack Hussein Obama. Su condición de afroamericano llamó en seguida la atención de los medios de comunicación, que se aprestaron a advertir sobre la paradoja que supondría su posible elección como candidato del Partido Demócrata en un país con un pasado cercano marcado por el esclavismo y la segregación racial. La esperanza de que la sociedad americana diese la oportunidad de ser presidente a un hombre de raza negra sólo cuatro años después de haber reelegido en el cargo a Bush se extendió como la pólvora y pareció poner de acuerdo al periodista con el lector, al empresario con el obrero, al cubano con el yanqui y al chulapo madrileño con el segador catalán. Así, casi todo el mundo hizo suyo el “Yes we can!” y se apuntó al carro del “change we can believe in”.
Como siempre he pensado la emoción es una mala consejera política, durante estos meses, en mis conversaciones sobre este tema, he hecho hincapié en la idea de que antes de ser partidario de un cambio es necesario saber hacia dónde conduce y qué se propone dicho cambio. Si además se parte de la premisa de que la principal actividad de la política institucional consiste en aplicar un programa de medidas concretas , mi pregunta es: ¿qué sabemos del programa de Obama? Está bien que seamos partidarios de un cambio pero ¿hacia adónde? ¿hasta dónde?
Evidentemente, si se relativiza el asunto y se compara a Obama con Bush, no es difícil ilusionarse con “el cambio”, así en abstracto. El nefasto balance de los ocho años de gobierno del Partido Republicano (dos guerras abiertas en Afganistán e Irak, crisis económica y sistémica, etc.) invita a pensar que cualquiera que venga lo puede hacer mejor. Pero no basta con eso. Como tampoco basta con que el nuevo presidente sea de raza negra, porque el color de la piel del presidente no garantiza ni la justicia social, ni siquiera la redención de la exclusión social y económica que sigue sufriendo buena de la población negra estadounidense.
De momento, Obama ha ordenado el cierre de Guantánamo y el acogimiento de EE UU a la Convención de Ginebra que, entre otras cosas, fija los derechos de los prisioneros de guerra. No cabe duda de que es un buen primer paso. Pero ahora habrá que ver si EE UU reconoce la legitimidad de la ONU como foro colectivo de decisión sobre asuntos internacionales o la sigue utilizando a su antojo. También hay dudas sobre cómo se va a gestionar y justificar el traslado de las tropas estadounidenses de la guerra ilegal de Irak a la guerra ilegítima de Afganistán. Del mismo modo, tampoco está claro si la primera potencia mundial va a seguir apoyando política y militarmente a Israel, Estado recientemente acusado por la ONU de cometer crímenes de guerra en Gaza. En clave interna, está por ver cómo compatibiliza su promesa de dar cobertura pública a los más de 45 millones de estadounidenses que no disponen de un seguro médico con la gestión, por parte del ultraliberal secretario del tesoro Timothy Geithner, de la crisis económica que sufre el país.
Hay demasiados interrogantes como para dejarse llevar por la ilusión de un cambio hacia no sabemos dónde. Es conveniente, pues, que no nos dejemos llevar por la retórica seductora de eslóganes tan llenos de ilusión como vacíos de contenido y nos preguntemos: Where do we go?