Pese a ser una vieja cantinela no deja de sorprenderme el cinismo con el que políticos y eruditos economistas de los Estados occidentales se han erigido en patrocinadores de la libertad, la democracia y el bien, apropiándose de los valores que estos términos encarnan, en un intento de tomarlos como patrimonio exclusivo del sistema capitalista. En este ejercicio de capitalización del concepto, no exento de cierta carga demagógica, se nos plantea la relación lógica de libertad = bien, democracia = libertad, y por lo tanto de, democracia = bien, sin profundizar en los matices semánticos que contienen estas palabras cuando hacen referencia al sistema político-económico actual.
Si indagamos en esta cuestión intentando encontrar el verdadero sentido de la relación de esta terna de conceptos, lo primero en lo que caemos en la cuenta es en los apellidos que traen consigo cada una de estas palabras. Así, cuando nos hablan de democracia, lo hacen de la democracia capitalista. Este modelo de democracia limita, cuando no anula, el derecho democrático del pueblo a decidir la planificación de la economía. Y esta no es una cuestión baladí, ya que actualmente, en los países democráticos occidentales el económico es el cuarto poder del Estado, si bien podría ser el primero, pues los otros tres (legislativo, ejecutivo y judicial) están claramente a su servicio.
Llegados a este punto me surgen varias preguntas: ¿cómo es que el poder económico se escapa al control democrático?¿cuál es el límite de la democracia capitalista? Esta frontera viene dada por la única libertad inviolable que reconoce el capitalismo, que es la misma, paradójicamente, que limita el control democrático de la economía: la libertad de mercado. A ella están supeditados el resto de derechos y libertades.
Es entonces cuando nos planteamos qué es el bien, y comprobamos que no es más que el beneficio de los propietarios de los medios de producción, es decir, el de los grandes empresarios, pues de él dependen los índices económicos que el sistema ha establecido para valorar la situación económica de un Estado. Así, el reparto de la riqueza generada por los trabajadores se deja en manos del gran propietario, que no tiene más límites que los que le plantea una legislación laboral cada vez más flexible y favorable a sus intereses.
Con todo esto, la relación que nos queda entre los tres valores que planteábamos al principio es bien distinta a la versión maquillada que desde el poder político económico se nos presenta: libertad de mercado -> beneficio económico del gran empresario, democracia capitalista -> libertad de mercado, democracia capitalista -> beneficio económico del gran empresario.
Vivimos pues, en una democracia parcial que beneficia al que más tiene y que describe una clara tendencia a la concentración y acumulación de capitales en manos privadas en detrimento del interés público. A esto se une el descrédito de los gobernantes, que parecen empeñados en demostrarnos que es imposible gobernar sin corromperse (¡mentira!). Todas estas circunstancias desembocan en la desarticulación del Estado como ente representativo de la voluntad popular, haciendo que éste cada vez tenga menos competencias y en definitiva menos soberanía (nuestro voto cada vez vale para menos) frente al gran poder económico.
No entiendo pues, tanto miedo en profundizar en la democracia, haciendo de ésta un proceso participativo en el que los ciudadanos tengan voz y voto en el control del poder económico a través de la intervención en las distintas administraciones públicas. Será seguramente porque los que se llenan la boca con esa retórica liberal temen que sepamos hasta donde pueden llegar realmente la libertad, la democracia y el bien.