“La pesadilla de Darwin”, un retrato del capitalismo en África

El pasado jueves tuve la oportunidad de ver “La pesadilla de Darwin”, un documental de poco menos de dos horas de duración que refleja las consecuencias ecológicas, sociales y económicas de la introducción de la perca del Nilo (Lates Niloticus) en el Lago Victoria, el segundo lago de agua dulce más grande del mundo y cuna de la humanidad.

Desde que en la década de 1950 la perca del Nilo tomase contacto con las aguas del Lago Victoria, nada es igual en las inmediaciones de esta gran reserva acuática. Por un lado, la gran capacidad de adaptación al nuevo medio y la voracidad que caracteriza a los ejemplares de esta especie de pez de agua dulce propiciaron que, en pocos años, la perca hiciera desaparecer más de doscientas especies endémicas del lago. Por otro lado, el cuantioso valor añadido que genera la venta de los lomos de perca en los mercados europeos favoreció la implantación de grandes factorías de tratamiento del pescado así como el surgimiento de turbios negocios paralelos en los pueblos bañados por el lago. Todo esto contribuyó a la destrucción progresiva de la estructura socioeconómica de la zona.

En este marco, “La pesadilla de Darwin” retrata al capitalismo en África: explotación, miseria y muerte. Su visionado debe incitar la reflexión y el debate. Porque el conocimiento de los graves desequilibrios que trae consigo la globalización mercantil ha de provocar una globalización de la responsabilidad en la ciudadanía occidental que despierte su conciencia humana. Porque aun somos humanos…¿o no?

 

PRIMERA PARTE

 

 

SEGUNDA PARTE

8 comentarios para ““La pesadilla de Darwin”, un retrato del capitalismo en África”

  1. Hilario Ideas Dice:

    Cuando Tibor R. Machan tenía doce años, su maestro en Hungría le describió el paraíso comunista pronosticado por Karl Marx: “De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”. Aunque estaba acostumbrado a oír la propaganda marxista en su colegio, ese día cometió el error de levantar la mano y preguntarle al maestro: “Si mi amigo y yo comenzamos la semana con la misma cantidad de dinero, pero él con eso compra madera y fabrica una mesa, mientras que yo me gasto todo mi dinero en cerveza, ¿deberá él compartir conmigo lo que gane al vender la mesa?” El maestro le regañó y fue transferido a una escuela para quienes nunca podrían ir a la universidad.

    Una economía verdaderamente libre permite que los de abajo trabajen duro para escalar posiciones y mejorar su nivel de vida, pero no ofrece ninguna garantía de que lo lograrán. Eso es así porque el dinero que uno se gana depende de si los demás quieren pagar por nuestros productos y servicios. En un país libre, nadie obliga a otro a comprar lo que alguien quiere vender. Todo funciona voluntariamente y el resultado es una desigual distribución de la riqueza. También existe el problema de que algunos simplemente no quieren trabajar mucho.
    Sin embargo, cuando comparamos la historia económica de sociedades libres con la de sociedades con economías planificadas por burócratas y políticos, constatamos que a mayor libertad mayor prosperidad y mejor calidad de vida. Además, la oportunidad de esforzarnos para mejorar nuestro nivel de vida no es destruida por el Gobierno, razón por la que hay mucha más variedad y movilidad. La verdad es que tanto la libertad como el bienestar desaparecen cuando se nos obliga por la fuerza a compartir el producto de nuestro trabajo.
    Está muy claro que la izquierda no comprende que no es la economía sino las personas las que prosperan o quienes son obligadas a compartir sus recursos con otros. Pero es que el concepto de sociedad libre es difícil de vender cuando tantos aspiran a vivir del trabajo de los demás. Quizás muchos deberían leer la fábula de George Orwell Rebelión en la granja para comprender lo que sucede cuando un país antepone la igualdad a la libertad de los ciudadanos.

    Un saludo y gracias por facilitarme el derecho a la libertad de expresión.

    “Puede que no esté de acuerdo con su opinión, pero lucharé para que nadie le impida expresarla”
    Hilarioideas@hotmail.com
    MOVIMIENTO LIBERAL

  2. ines Dice:

    Una economia libre tal como la que vivimos en la actualidad supone libertad para comprar, libertad para vender, libertad piensan algunos para elegir como quieres vivir. Sin embargo esta libertad, sinónimo de prosperidad para aquellos que defienden una economia basada en el libre mercado y de la que solo gozamos un cuarto del planeta, supone paradójicamente la esclavitud del resto de personas que habitan este mundo.
    La libertad designa la facultad del ser humano que le permite decidir llevar a cabo o no una determinada acción según su inteligencia o voluntad. La libertad es aquella facultad que permite a otras facultades actuar y que está regida por la justicia.
    Nuestra libertad, nuestro bienestar, se basa en la explotacion de millones de personas que trabajan en condiciones precarias, fabricando los productos que luego consumimos en el primer mundo, por sueldos miserables que no les alcanzan ni para comer. Tenemos libertad para consumir todo lo que queramos porque los productos que consumimos estan infravalorados, podemos comprarnos una camiseta nueva cada dia, o comprar casi cualquier cosa por 20 duros solo porque hay personas que trabajan por menos de nada.
    Ellos no tienen la libertad de comprar, no tienen la libertad de vender, no tienen la libertad de elegir como quieren vivir. La libertad de estas personas se acaba al final del dia, cuando despues de haber trabajado durante una jornada en la mayoria de los casos insufrible solo pueden pensar en comprar un poco de arroz para sus hijos.
    Si no pueden decidir no son libres, si su libertad no está regida por la justicia, entonces no es libertad.

    Un reparto justo de la riqueza que permita la prosperidad y el bienestar de todos y cada uno de los que habitamos este mundo solo es posible si nosotros renunciamos a la idea de que el consumo es libertad, si creemos en la igualdad y en los derechos humanos.
    Respeto, aunque no lo comparto, a aquellos que creen que una economia marxista no es la solución, sin embargo, me opongo radicalmente a aceptar la hipocresía del sistema capitalista. la hipocresía de pensar que nuestro estado de bienestar se sustenta por nuestro propio trabajo, que la prosperidad no supone la miseria de otros y de ignorar a todos los millones de personas que mueren de hambre y enfermedad bajo la explotación del sistema capitalista, me parece simplemente inaceptable.

    No quiero vivir como una reina. No quiero subirme en una carroza llevada por otros hombres. Prefiero ser una obrera, y caminar junto a mis iguales, aunque el camino sea mas duro, aunque llegue más tarde y me duelan los pies. Al final llegaremos todos.
    Si mi libertad supone la esclavitud de otros, no la quiero.

  3. manuelmazon Dice:

    ¡Hola Hilario!

    Comparto muy poquitas cosas (casi ninguna) de las que dices.

    En primer lugar, no sé a qué Marx te refieres cuando dices que pronosticó un paraiso comunista. La idea del comunismo como fórmula de redención de la sociedad, con un sentido cuasi religioso, es muy común tanto entre los marxistas como entre los liberales, pero no es algo que Karl Marx explicitase en ninguno de sus textos. Precisamente el método de estudio marxiano consistía en un diálogo continuo con los autores que trataba. Marx era absolutamente antidogmático, lo que no quita que emplease un tono vehemente a la hora de afirmar sus verdades. Por lo tanto, yerras a la hora de decir que Marx pronosticó paraisos. Eso es labor de los beatos.

    Hablas de algo que sucedió en la Hungría “comunista”. Si el caso fue así (no he leido nada al respecto, te lo confieso), me parece deplorable. Probablemente el profesor no entendió nada de Marx.

    Lo que pasa es que ante el caso que expones se me plantean varias dudas acerca de laintención que te ha movido. Si pretendías que te diese la razón en que el profesor cometió un grave error al apartar al niño e impedir que accediese a la universidad, lo has conseguido. Si pretendías que con ello diese por inválidas las experiencias “comunistas” de la Europa del este durante el siglo XX, podemos seguir debatiendo. Si lo que pretendías es refutar cualquier posibilidad de sociedad alternativa al capitalismo, has tocado en hueso, amigo.

    Gran parte de la izquierda transformadora propone y desarrolla proyectos que difieren mucho de la conocida, y tantas veces ejemplificada por los neoliberales, experiencia soviética. Mira si no a Chiapas. Mira también a Venezuela. Mira también a Bolivia. Discutamos sobre cada caso concreto.

    Dices que “una economía verdaderamente libre permite que los de abajo trabajen duro para escalar posiciones y mejorar su nivel de vida”. Y yo pregunto, ¿por qué unos nacen arriba y otros nacen abajo? Por otro lado, ¿estás seguro de que el libre comercio permite a cualquier haitiano (por poner un ejemplo de país liberal del tercer mundo) trabajar duro para llegar al mismo nivel de vida que Bill Gates?

    Estableces una relación de proporcionalidad directa entre lo que tú llamas libertad y prosperidad y calidad de vida. Eso es a todas luces discutible porque ¿quién tiene esa libertad?¿los de abajo?¿los que se someten a explotación laboral movidos por la falsa ilusión clasista de “escalar posiciones”?¿los que ven a sus iguales como competencia en esa carrera por ascender en la escala social y se esclavizan por trabajar por un salario cada vez menor?

    En una cosa estoy completamente de acuerdo contigo, cuando dices que “tanto la libertad como el bienestar desaparecen cuando se nos obliga por la fuerza a compartir el producto de nuestro trabajo”. Por eso no me gusta que los trabajadores compartan la riqueza que genera su trabajo con el empresario o con el banquero. Eso es la injusticia en la que se fundamenta el capitalismo. Esa es la injusticia que impide ser libre a tanta y tanta gente en el mundo.

    Por eso a mi tampoco me gusta una sociedad en la que unos (los asalariados, los currelas, los trabajadores, llámalos como prefieras) comparten su riqueza con otros (empresarios, banqueros, propietarios de los medios de producción, llámalos como quieras) que aspiran a vivir del trabajo de los primeros.

    Finalmente, en cuanto a la fábula de George Orwell, se trata de una crítica al estalinismo desde una perspectiva trostkista, como se puede deducir de su periodo militante en el Partido Obrero de Unificación Marxista (referente español del socialismo trostkista) durante la Guerra Civil Española. Te equivocas cuando interpretas que Orwell hace una crítica sistémica del marxismo.

    Por todo lo que he dicho anteriormente, creo que la igualdad social es una condición indispensable para el desarrollo de las libertades individuales.

    Salud y muchas gracias por visitar mi blog.

  4. Hilario Ideas Dice:

    Estimada Inés:

    Es el mercado, y no los Estados, el que mejor nos alimenta a todos. La solución a la pobreza no pasa por las medidas socialistas que convierten en pobres a los que no lo eran e impiden a los pobres dejar de serlo. El Socialismo nos hace iguales, en eso el progre tiene razón de sobra, pero iguales de pobres.
    Las economías occidentales crecen y tenemos cuanto queremos. Y al mismo tiempo, somos bombardeados diariamente en TV con imágenes de gente sufriendo y niños muriéndose de hambre. Por ello, en tanto seres humanos que somos, tenemos que sentir compasión necesariamente.
    Hay muchos países en África de los que no recibimos noticias porque son noticias “aburridas”. Las imágenes de gente trabajando y prosperando no interesan; sólo las de pobreza y la guerra. Tu, no niego que esas imágenes de sufrimiento sean ciertas, pero son solamente una pequeña parte de toda la historia. Sin embargo el movimiento antiglobalización utiliza campañas de marketing y ofrece al público las imágenes que quieren que veamos.
    Tanto a tí como a mí nos gustan los aviones capitalistas para viajar a países del Tercer Mundo de vacaciones, llevamos zapatos capitalistas fabricados en países del tercer mundo dónde no se ponen inconvenientes a esa “maldita globalización”, usamos las tarjetas de crédito capitalistas , incluso algunos progres enclaustrados en el marxismo más rancio desearían colectivizar todo el dinero capitalista para reducir la pobreza a golpe de hoz y martillo.
    No existe una figura más vituperada en la historia que la del burgués, ni un sistema económico menos valorado que el capitalismo. Sin embargo, los burgueses encabezaron las revoluciones liberales que acabaron con el feudalismo y sus privilegios. Y con la ayuda del capitalismo lograron sacar de la miseria a millones de personas.
    Siglos después, a pesar de los avances tecnológicos, el abaratamiento de los productos y el bienestar adquirido, seguimos maldiciendo el “vil metal” y el materialismo, a los que culpamos del devenir del mundo. Con tan pocos amigos, y una vez hecho del anticapitalismo un negocio millonario, es difícil, si no (casi) imposible, encontrar una obra que rescate el término “burgués” del ostracismo al que se ha condenado.

    Los progres han logrado plantar muchas falsedades en el sentimiento popular. Una de ellas es la idea de que el libre mercado beneficia principalmente a los ricos y a menudo perjudica a los pobres. Por eso, supuestamente, las personas que defienden el libre mercado defienden a los ricos y los que se oponen al mercado defienden a los pobres. Nada más lejos de la realidad.

    No es cierto que el mercado libre perjudica a los más pobres, ni que los ricos defienden el mercado. La verdad está a la vista. En todos los países donde rige el mercado libre hay una gran oferta de empleos, un aumento sostenido de los salarios y un alto nivel de vida para los trabajadores. Por el contrario, en los países estatalistas, en los que se restringe el mercado, la gente, sin excepción, padece pobreza, desocupación, informalidad, corrupción, bajos salarios y mísera calidad de vida. Es obvio que quienes defienden el mercado defienden los intereses de los trabajadores, la gente común, no de los acaudalados, precisamente.

    Este viejo engaño socialista sigue intacto debido a que parece de sentido común suponer que el libre mercado beneficia principalmente a los ricos, los empresarios, los capitalistas, los industriales, razón por la que éstos deberían ser sus más fuertes promotores. No es así. La prueba es que algunos acaudalados empresarios son los peores enemigos del mercado. A éstos no les interesa preservar la libre competencia porque ya han alcanzado la riqueza y no la quieren compartir. Temen la competencia de nuevos empresarios, ansiosos de escalar en la economía, solamente puede perjudicarles. Por eso quitan la escalera cuando llegan arriba.
    Tu, sabrás que hace sólo medio siglo Cuba era más rica que Italia, o que Paraguay doblaba en ingreso per cápita a Corea del Sur, país este que, por aquel entonces y que actualmente es de los más prósperos de Asia, igualaba en riqueza a Zambia. Y si la gente no lo sabe es porque nadie se ha ocupado en decírselo. Los que deberíamos hacerlo solemos pasarlo por alto porque lo damos por hecho. Tan convencidos estamos del poder creador del libre mercado que, por lo general, olvidamos que un buen ejemplo vale más que la mejor teoría. Pero no toda la culpa es nuestra. Un velo de silencio ha caído entre los medios de comunicación de masas sobre la forma en que las naciones no occidentales han prosperado en los últimos cincuenta años.
    Decir que un buen puñado de países, muchos de ellos superpoblados y hasta ayer pobres de solemnidad, se han incorporado al Primer Mundo y hoy disfrutan de rentas anuales más abultadas que nuestra Europa de los impuestos no es, digamos, “económicamente correcto”. La letanía de los progres del “mundo feliz” es decir, de los del “Otro mundo es posible” consiste esencialmente en pintar un panorama catastrófico en el que los pobres serán cada vez más pobres por culpa de los ricos que quieren ser cada vez más ricos y poderosos a costa, naturalmente, de las penurias de los primeros.
    Es el marxismo de siempre, la división del mundo en una dialéctica perversa que no conoce más que opresores y oprimidos. Así, el papel de las depauperadas masas proletarias lo interpretan ahora los depauperados países del Tercer Mundo.
    El clásico ejercicio por el cual la riqueza es una sencilla operación de suma cero: si yo tengo algo es porque te lo he quitado a la fuerza. Una injustísima relación provocada por “términos de intercambio” que sólo benefician a una parte y que exige reparación inmediata.
    No importa demasiado que Venezuela, Cuba o Zimbabwe sean una ruina política, económica y moral. Para algunos, los detalles no importan demasiado, sólo cabe remarcar el meritorio hecho de que estos valientes han roto con el nudo gordiano de la dominación.
    La realidad, sin embargo, es terca y se niega a plegarse a los dictados de los apóstoles del caos que se ocultan bajo el falso progresismo. Extremo oriente es el mejor ejemplo pero no el único. Tu sabías que Hong Kong, por ejemplo, es ahora más rico que su antigua metrópoli. Y esto es necesario recordarlo porque, con el manual progre en la mano, los hongkoneses estarían condenados a la perpetua explotación de sus antiguos dominadores. ¿Cómo es posible que sean ahora más ricos que ellos? Tailandia avanza con paso firme hacia el Primer Mundo mientras que sus vecinos cercanos, Birmania, Camboya (la de Pol Pot), Corea del Norte, esos edenes socialistas que viven al margen del mundo, no llegan a fin de mes y padecen crueles dictaduras desde hace décadas.
    Cuando los países africanos se independizaron se difundió la ideología de que los occidentales representaban el demonio por haberlos colonizado, mientras que la URSS, al no haber colonizado a nadie, eran los salvadores. La URSS entregaba enormes sumas de dinero a los políticos africanos y les aconsejaba que imitaran su sistema económico para industrializarse. Así, con la independencia, los políticos africanos no sólo heredaron toda la maquinaria de expoliación colonial, sino que muchos se acercaron a la Unión Soviética.
    En el Tercer Mundo, madre patria de todas las miserias, los que han abrazado, aunque sea ligeramente, las recetas liberales disfrutan de un mejor pasar que los que perseveran en los controles de precios y las expropiaciones arbitrarias de la propiedad privada con la excusa del interés general. Bostwana, sin ir más lejos, que, desde el principio, promovió el libre comercio y respetó la propiedad de cada ciudadano, crece resueltamente y hoy se encuentra a la cabeza del continente en renta per cápita. El problema de hablar de derecho de propiedad en muchas partes de África es que, ya de entrada, la gente no sabe qué es el derecho de propiedad.
    En concreto, los bosquimanos gozan de unos privilegiados ingresos de 9.200 dólares por barba, es decir, justo la mitad de los portugueses. ¿Cuánta gente sabe esto? Sus vecinos, dilectos alumnos de la escuela del tercermundismo, se encuentran a años luz en términos de renta per cápita. Zambia no llega a los 1.000 dólares, Angola pasa con apuros de los 2.000 y Zimbabwe estaba el año pasado en 1.900 dólares y bajando, porque la desdichada nación africana decrece a un ritmo del 8% anual. Los tres países se encuentran, además, exportando emigrantes a Bostswana desde hace años, y esto no requiere demasiada explicación. ¿No te sorprende que nadie antes se haya ocupado en hacer una comparación tan simple? Normal, casi nadie la hace, y no porque salte a la vista sino porque no interesa a los que dominan los medios progresistas de comunicación de masas.

    La causa de los “pobres de la tierra” no sólo la defienden los progres con propaganda y consignas extraídas de “El País”, sino con toneladas de desinformación. Cuando es imposible negar lo real la única vía es ocultarlo.

    Nos ha enseñado la historia y la lógica lo confirma, que una organización social funciona eficientemente sólo si las leyes y reglamentos respetan el derecho de propiedad de los recursos y de los medios de producción, lo cual incluye el derecho a su libre y pacífico intercambio. Es así por tres razones.

    Primera, los precios deben ser reales y no inventados o adulterados por burócratas amparados en las desigualdades sociales, porque los precios cumplen muchas funciones necesarias para la eficiencia. Por no tener precios reales fracasaron los sistemas de planificación económica ensayados en todo el mundo socialista en décadas pasadas.

    Un sistema de precios reales refleja la relativa escasez de los recursos, el estado de progreso del momento, las prioridades y poder adquisitivo de las personas. Pero los precios sólo pueden cumplir su función cuando se respeta el derecho de propiedad de los recursos y medios de producción. Es así porque precisamente los precios son el resultado de esos intercambios que llamamos mercado. Un sistema mixto puede funcionar copiando y alterando precios pero sólo de una manera muy pobre, porque la eficiencia económica del sistema exige precios reales para asignar eficientemente la utilización de recursos.

    Segunda, sólo en una economía de mercado se dan los incentivos virtuosos y necesarios para la prosperidad de todos. Sólo en la economía de mercado sucede que la única manera honrada de mejorar es mejorando a los demás. En el mercado no hay otra opción. En una economía de mercado –y solamente en ella– las personas se esfuerzan por interés propio, compitiendo unos con otros para satisfacer las prioridades de quienes pueden afectar su patrimonio personal, es decir, de los clientes y consumidores. En otros sistemas estatalistas, también por interés propio, hay que complacer a quienes tienen el poder de afectar su patrimonio personal: el burócrata al servicio del Estado.

    Y tercera, un persistente problema que impide la eliminación de la pobreza es el afán de lograr mayor igualdad económica en base a la redistribución de ingresos, utilizando para ello el sistema impositivo. Es lo que recomiendan los burócratas internacionales (que viven de los impuestos) a quienes tanta atención se les presta. La política de usar el sistema impositivo para reducir pobreza y desigualdades resulta contraproducente, pues empobrece también a los pobres. La disyuntiva real es entre intentar reducir las desigualdades por la fuerza de la ley impositiva o reducir la pobreza misma. Lo uno excluye a lo otro y me temo que lo que suele prevalecer es de tratar de reducir las desigualdades por la fuerza aunque se traduzca en mayor pobreza.

    Lamentablemente esto no se comprende y, por lo tanto, es urgente insistir en que en una economía de mercado (sin privilegios otorgados por los gobiernos) solamente se puede hacer fortuna beneficiando a los demás. Tratar de disminuir diferencias resulta siempre una mayor y perdurable miseria y tiende a negar la justa distribución que la gente determinó cuando decidió con su dinero, en calidad de consumidor, gastarlo a favor de quienes más le benefician con sus productos y servicios.

    Existe un fenómeno denominado “círculo de la miseria”, que se da en los países pobres. Al no haber demanda, no hay empresarios que inviertan; al no haber inversión, no hay empleo y al no haber empleo, no hay demanda. En las últimas décadas aquellos países atrasados, como China, que han brindado seguridad jurídica y un entorno laboral y fiscal competitivo a las empresas a las que llamas explotadoras han roto el llamado “círculo de la miseria”.
    Hay otro círculo que frecuentemente ocurre en las nuevas y falsas democracias de los países subdesarrollados, aunque en otros países algo más desarrollados también aparece ¿adivinas donde? A ese fenómeno, que acontece en el ámbito electoral, se denomina “círculo político de la pobreza”.
    Los países con un supuesto sistema democrático que consiste en la mentira para elegir a sus gobernantes, se caracterizan porque la mayoría de los ciudadanos que participan en las elecciones tienen bajos ingresos o son desempleados o son muy poco reflexivos. Muchos de ellos se identifican con los candidatos que se anuncian como defensores y partidarios de los pobres (llámense progres o neocomunistas), ofreciéndoles empleos o sacarlos de la pobreza mediante dádivas y programas gubernamentales que no son sostenibles en el medio plazo sin causar fuertes desequilibrios económicos –inflación, endeudamiento y devaluaciones–, pero que sirven a corto plazo para ganar votos en una elección. Con frecuencia, en los países pobres el candidato que más promete, sin explicar cómo va a cumplir sus promesas, tiene más posibilidades de ganar, pues la mayoría de los votantes ven a corto plazo y no tienen una imagen clara de los resultados negativos en otros países y en su propio país, en el pasado, de tales programas populistas.
    Cuando un candidato populista llega al poder y no logra cumplir con sus promesas, busca culpables de sus fracasos dentro o fuera del país. Muchos electores creen esas excusas, no aprenden la lección y vuelven a votar por candidatos que utilizan tanto la miseria como la ignorancia de los principios económicos para prometer lo mismo que ya fracasó una y otra vez.
    Por el contrario, los candidatos cuyos programas están basados en políticas económicas prudentes a menudo no ganan las elecciones. Donde eso sucede se da el “círculo político de la pobreza”, que sólo se supera después de experiencias traumáticas

    Es cierto que algunos alcanzan la riqueza por suerte o por malas obras como los caciques bananeros que monopolizan el mercado de caña de azúcar gracias a la complicidad de burócratas corruptos y que pagan la tonelada de caña de azúcar a un dólar, son los menos y eso no es el libre mercado.

    En todas partes y épocas hay gente que hace alianzas con gobiernos estatalistas para obtener privilegios y restringir el mercado. Y los gobernantes, a cambio del financiamiento de sus gastos y campañas, suelen ceder a la pretensión de los empresarios que buscan asegurarse un mercado cautivo, en el que puedan fijar los precios sin la molestia de la competencia. Para ello otorgan licencias y permisos, inventan medidas proteccionistas que dificultan el acceso de nuevas empresas al mercado y establecen altos aranceles y otras trabas al comercio. Lo hacen, supuestamente, para defender la producción nacional y el empleo.

    Otros privilegios que los ricos obtienen en economías estatalistas son los subsidios, los créditos baratos o “de fomento al desarrollo”, la refinanciación de deudas, los tipos de cambio preferenciales, la exención de impuestos. Nada de esto existe en un mercado libre, como tampoco existen las corruptas empresas estatales, verdaderas fábricas de ricos sin escrúpulos.

    En América Latina la mayoría de los acaudalados son políticos, gobernantes, militares y funcionarios que hicieron su fortuna robando al Estado. Estos ricos jamás van a apoyar el cambio, las reformas y el mercado libre, donde saben que sólo prosperan los que trabajan y compiten honestamente.

    El capitalismo no es clemente con los malos empresarios: no hay favoritismos ni privilegiados. Sólo aquellos que satisfacen a los consumidores pueden prosperar en el mercado libre.

    Claro que otros, que los identificarás rápidamente bastante bien, opinan que la manera de erradicar la pobreza es, argumentados en su discurso colectivizador, quitarles por la fuerza a los que tienen para transferirlo a los pobres.

    Es un error penalizar al productivo por ser productivo y proveer al no-productivo lo robado a los productivos vía impuestos sin enseñarle que la productividad es la vía más confiable para salir de la pobreza.

    La riqueza no es un maná que cae del cielo. Incluso aquellos que gozan de buen clima, reservas petroleras, bosques, lluvia, etc. tienen que cuidar y desarrollar tales ventajas para convertirlas en recursos útiles. Sin inventiva, emprendimiento y trabajo no hay riqueza. Pero ni el emprendimiento ni la inventiva se cultivan si sus frutos son sistemáticamente robados. Y cualquier gobierno que le quita a Pedro para darle a Juan está robando.

    Nadie cuestiona que hay mucha gente en el mundo pasando necesidad ni soy partidario de esclavizar a los niños en trabajos precarios, no te equivoques, pero el gran obstáculo a su prosperidad personal no es la falta de ayuda. Varias décadas de ayuda de países desarrollados no han dejado más rastro que jugosas cuentas de políticos en los bancos suizos y gobiernos corruptos en los países del Tercer Mundo que gobiernan aliados con los cuatro empresarios caciques creando monopolios que imponen duras condiciones de trabajo, pero, te vuelvo a recordar que eso no es el libre mercado.

    Debemos, más bien, enseñar a los más pobres a producir y a insistir que los políticos en sus países promulguen la infraestructura legal apropiada y que intervengan lo menos posible en las relaciones libres y respetuosas entre individuos libres. Es decir, que garanticen la libertad para instalarse empresarialmente y el respeto a la propiedad privada, que no se machaque a impuestos a los ciudadanos productivos y se garantice la integridad de los contratos, todo lo cual fomenta la productividad porque la gente puede entonces disfrutar del fruto de sus esfuerzos. Esto fue lo que en realidad logró reducir la pobreza en los países ricos; pero a muchos egoístas, esa fórmula aplicada en los países desarrollados para salir de la miseria no la quieren para el Tercer Mundo. Lamentablemente, estos manipuladores se ciegan en políticas intervencionistas que fomentan la pobreza y no el desarrollo.
    No hay ni una sola evidencia histórica en la que la ayuda externa haya servido para desarrollar un país. El ejemplo que suele darse es el del Plan Marshall. Sin embargo diversos estudios realizados han demostrado que su influencia en el desarrollo de Europa fue mínima. Los países europeos crecieron y se desarrollaron por la liberalización del mercado.
    La ayuda que ha recibido África durante demasiado tiempo representa más del 50% de su PIB. No ha habido una correlación positiva entre la ayuda externa y el desarrollo. La mayoría de los países que han recibido esta ayuda no han experimentado ningún tipo de crecimiento o incluso han padecido una reducción de su PIB. La gente que defiende este tipo de ayuda es similar a un individuo que quiera entrar en un espejo. Después de chocar contra el mismo, cree que sólo tiene que retroceder un poco más para coger carrerilla y entrar en el espejo; y cuando vuelve a golpearse sigue convencido de que no ha cogido suficiente impulso. No se da cuenta de que el espejo es infranqueable y permanece ahí. Esta gente simplemente está negando la realidad.
    Ciertamente, puede ser muy dañina la ayuda al Tercer Mundo. Uganda ha recibido ayuda durante mucho tiempo porque el presidente se convirtió en la niña de los ojos de Occidente. En todo este período ha incrementado el gasto militar en un 20% y desde luego no gracias a la recaudación de impuestos. Además ha utilizado este dinero para eliminar la disidencia política de su país.
    África es un continente habituado a tener líderes despóticos. Darles a estos países dinero público es como darle a un gamberro las llaves de tu coche esperando que sea responsable. Toda esta ayuda externa socava el poder que la sociedad civil de estos países tiene para hacer a un gobierno responsable de sus actos.
    No solamente el dinero que se entrega a los políticos; también los recursos procedentes de organizaciones como la FAO o ONGs son dañinos. Tenemos el típico ejemplo de gente que acude a pueblos con jeeps y que buscan continuamente proyectos que emprender, aun cuando en buena medida no son empresarios, ingenieros o profesionales de algún tipo; pero tienen todo el dinero que los occidentales les han dado para “hacer algo”.
    Y si te das una vuelta por África verás que está repleta de proyectos a medio acabar. Por ejemplo, tienes planes para construir congeladores de pescado en pueblos que han sido durante cientos de años granjeros y que no saben pescar, no les gusta pescar, no quieren aprender a pescar y no quieren cambiar su modo de vida. En Kenya existen cientos de esas factorías que se están oxidando porque nadie las usa.
    Las ONGs van a países como Somalia a dar comida gratis y se la entregan a una de las milicias que está combatiendo en la guerra civil, con lo que les ayuda para continuar la guerra y seguir matando a gente.
    Muchos africanos se especializan en solicitar este tipo de ayuda, en lugar de estudiar economía, dirección de empresas, derecho o algún tipo de ingeniería, prefieren especializarse en Cooperación Internacional o Economía del Desarrollo, ya que ello les permite seguir percibiendo fondos. Y es, desde luego, una decisión racional teniendo en cuenta las circunstancias; empezar un negocio es complicado y arriesgado.
    La diferencia entre formar parte de una organización que busca el beneficio (ONG) y una que sí lo busca (empresa) es enorme. Te lo voy a describir rápidamente.
    Imagina que tienes que ocuparte de 100 personas. Una ONG mira a esas cien personas y dice: “Hay cien persona que necesitan pan, vamos a pedir pan al gobierno de Zapatero para alimentarlas”. Y todo ello cuesta un millón de euros; para la ONG es un gran éxito porque entre sus datos aparece que se han gastado un millón de euros para alimentar a cien personas. Nadie pregunta nunca: ¿podrías haberte gastado menos para alimentarlas? No, porque la medida del éxito de la operación es el tamaño del gasto.
    Es más, el siguiente paso de la ONG será decir que su presupuesto es demasiado pequeño para emprender nuevos proyectos, con lo cual pedirá más fondos a Zapatero.
    En el caso de una empresa, cuando ve a 100 personas con demandas de pan tienen que pensar: ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿De cuánto dinero disponemos? Los empresarios africanos que intenten producir alimentos para estas cien personas tendrán que utilizar menos dinero del que van a obtener con su venta, pues los empresarios también tienen que alimentar a sus hijos.
    De esta manera, el empresario tendrá que darse cuenta de que, por ejemplo, existe un excedente de pan en esa parte de la ciudad y tendrá que comprar el pan más barato. No intentará pedir que traigan el pan desde Europa, sino que buscará la manera más barata de obtenerlo. Cuando haya descubierto el pan en esta zona de la ciudad, buscará un transportista local que esté dispuesto a traérselo al menor precio.
    Al final del proceso, el pan se venderá al precio que las 100 personas puedan pagar, minimizando los costes.
    Con los empresarios, todo se haría eficiente en todas partes; es más, todo el mundo aprendería algo nuevo acerca de cómo solucionar el problema de las necesidades de alimento. El transportista, por ejemplo, sabe que tiene una nueva tarea, que tiene que respetar el contrato, que tiene que transportar el pan al menor precio posible para mantener el trabajo, etc.
    En otras palabras, si el empresario quiere seguir en el negocio de vender pan, tendrá que producir a menor coste que el precio que las cien personas están dispuestas a pagar.
    Todo el mundo mejora y la gente tiene el pan al precio reducido que ellos pueden pagar. La riqueza crece. Comparado con la ONG, estamos ante un paradigma muy distinto de enfrentarse al problema de la pobreza.
    Cuando observo a África y veo todos los problemas, estoy viendo oportunidades empresariales. En los países desarrollados tenemos a gente con ideas que intenta convencer a los capitalistas para que le presten dinero de manera que pueda incrementarlo. En África, la respuesta a los problemas es: “necesitamos que los países ricos les alimente”. Los africanos deberían salir de las escuelas y buscar oportunidades de negocio, no maneras de pedir dinero a los gobiernos extranjeros
    Podemos encontrar muchos ejemplos como estos. Pero la conclusión final es que intentar mantener con ayudas a otros seres humanos es una pretensión que difícilmente puede funcionar. Las únicas personas que saben lo que realmente está pasando en África son los propios africanos y el regalarles cosas sólo distorsiona su modo de vida.
    Dado el entusiasmo con que los progres modernos aumentan los impuestos para distribuir la riqueza de la manera que ellos consideran justo, ¿cómo es que logran aparentar ser enemigos de la esclavitud y de la discriminación? ¿Cómo esos progres logran intimidar a gran parte del electorado con su actitud de superioridad moral, como si quienes se oponen a mayores impuestos fuesen los malos de la película?

    La razón es que mientras esos “progres democráticos” se oponen a la esclavitud, no ven nada malo en la esclavitud colectivista que ellos proclaman. La comunidad, supuestamente, tiene la autoridad para confiscar los activos y los ingresos de sus miembros y poder así dedicar tales fondos a lo que la colectividad desea realizar. Eso en realidad significa que algunos individuos de esa comunidad ejercerán ese inmenso poder sobre los demás. Esa también es la tesis del comunismo, bajo el cual todo le pertenece al pueblo y por ello los guardias que custodiaban el Muro de Berlín asesinaban a quienes trataban de escapar, por tratar esas personas malas de robar su propia mano de obra que pertenecía a la sociedad. Piensan que todo individuo es propiedad de la comunidad, pero no en el sentido voluntario de ser miembros de un club, al cual pueden renunciar. No, simplemente no son dueños de sí mismos.

    Para el “pensamiento único”, el individualismo es el diablo porque promueve la competencia entre seres humanos y porque ciertos individuos entonces pueden alcanzar el éxito sin que en ese éxito participen directamente sus conciudadanos. Pero la idea misma de que la propiedad debe estar en manos de la colectividad es la mejor manera de fomentar la esclavitud.

    Volviendo al tema de la pobreza del Tercer Mundo debes saber que la mayoría de las naciones del África subsahariana son más pobres hoy que cuando se independizaron, durante los años 60 y 70. La producción de alimentos ha disminuido desde entonces cerca de un 20%. En promedio, el PIB per cápita ha caído medio punto al año desde 1975. El presidente nigeriano, Olusegun Obasanjo, ha llegado a decir lo siguiente: “Los corruptos líderes africanos han robado a sus pueblos, en las cuatro décadas posteriores a la independencia, al menos 140.000 millones de dólares”. El llamamiento a incrementar la ayuda internacional sólo traerá más de lo mismo.

    Analicemos de nuevo a Zimbabwe. Este país fue hasta fechas recientes, uno de los más prósperos países del continente negro. “Pocos han fracasado tan espectacularmente, o tan trágicamente, como Zimbabwe en el último lustro. De ser una de las infrecuentes historias de éxito en África, ha pasado a representar uno de sus peores desastres económicos y humanitarios”.

    ¿Qué es lo que está pasando? El presidente, Robert Mugabe, acusa a sus enemigos nacionales y extranjeros, particularmente a Inglaterra y a EEUU, de tratar de derrocarle. Como no podía ser menos, tanto Mugabe como parte de la élite académica sacan a pasear la vieja excusa de siempre: el Tercer Mundo está siendo explotado por las multinacionales y por el legado del colonialismo.

    Atendamos a estas dos cuestiones. Botswana es uno de los países vecinos de Zimbabwe. Botswana tiene la segunda mayor tasa de infección de sida del mundo. Y si hay sequía en Zimbabwe, probablemente también la haya en Botswana, cuyo elemento geográfico más relevante es el desierto del Kalahari, que cubre el 70% del territorio. El caso es que Botswana cuenta con una de las mayores tasas mundiales de crecimiento del PIB per cápita.

    Botswana no progresa gracias a la ayuda exterior. Hay ley y orden y se respetan los contratos. En 2004 Transparencia Internacional lo consideró el país menos corrupto de África, con registros que superaban los de muchos países europeos y asiáticos. El Foro Mundial lo tienen por una de las naciones más competitivas, económicamente hablando, de África, y una de las mejores oportunidades de inversión en el mundo en desarrollo.

    Botswana comparte pasado con Zimbabwe: ambas fueron colonias británicas. Lo que no comparten es lo que explica el éxito de la primera: ley y orden, corrupción mínima y, por encima de todo, respeto a la propiedad privada. Ninguna suma de ayuda internacional puede erigir el clima político y socioeconómico necesario para el crecimiento económico. Todo lo contrario: la ayuda permite que sigan en el poder los infames dictadores. Les permite comprar la fidelidad de sus empresarios compinches que monopolizan el mercado y el equipo militar con que oprimen a sus pueblos, por no hablar de las cuentas de “jubilación” que pueden abrir en los bancos suizos. Lo mejor que pueden hacer por África los países desarrollados es quedarse con sus ayudas, con sus regalos en forma de motos acuáticas o 4×4´s y dar una patada en el trasero a sus “expertos” en desarrollo.
    ¿conoces a Johan Norberg? Su defensa del capitalismo incluye todo aquello por lo que los occidentales en general, y los europeos en particular, deben sentirse orgullosos. Norberg recuerda evidencias irrefutables del éxito de la libertad que, sin embargo, con demasiada facilidad son suplantadas por una mitología anticapitalista que inexplicablemente goza de credibilidad entre individuos con mala conciencia de la prosperidad. Una de esas evidencias es que el bienestar del que gozamos se debe a la práctica secular del libre mercado. Otra, que la pobreza se ha reducido a la mitad en el mundo gracias a la expansión de ese modelo.
    Sólo fijando con claridad la conciencia de estos dos hechos en las mentalidades, será posible derribar los prejuicios que atenazan a gobiernos y organismos multilaterales a la hora de actuar resueltamente contra la pobreza. Norberg ataca la perversión intelectual que está en la base de las políticas intervencionistas y de las campañas contra la pobreza global. La experiencia histórica ha demostrado que son ineficaces para inducir el desarrollo, disuaden la creatividad emprendedora y dilapidan fondos públicos sin que las sociedades consigan ser más confortables y prósperas. El proteccionismo y los subsidios son un ejemplo del éxito de la hipócrita demagogia anticapitalista entre los tomadores de decisiones.
    Parece increíble que, teniendo al alcance todos los conocimientos de que dispone el mundo moderno, siga habiendo tantos países pobres y tanto progre demagogo. Se comprende que en épocas pasadas la gente no tuviera luz eléctrica, medicinas eficaces, aparatos electrónicos, etc. porque no existían. Pero hoy en día, cuando hasta los “técnicos” abundan, ¿a qué se debe que tantos sigan siendo tan pobres?
    Sucede frecuentemente que la respuesta a un problema por ser obvia pasa desapercibida y, otras veces, la respuesta es tan simple que no merece crédito y se descarta sin pensarlo. ¿Acaso es mucho pedir reconocer que la ausencia de progreso se debe a que, en el afán de lograrlo, más bien se impide? Si así es, la solución es obvia: dejar de bloquear e impedir el progreso.
    Entonces, para determinar si se frena el progreso y la prosperidad, hagamos un ejercicio mental. Supongamos que respetamos un principio rector: todos pueden hacer lo que quieran, con la única condición de que no usen la fuerza física ni el engaño, que cumplan sus promesas y respeten lo ajeno. Sin duda, eso liberaría a todos a buscar su propio bienestar a través de una pacífica cooperación con los demás, ya que no quedaría otra alternativa y todos buscarían intercambiar con quienes más les beneficia; así todos, sin excepción, por interés propio estarían compitiendo en enriquecer a los demás, apelando a los intereses de los demás. El fin de cada uno, desde luego, sería el interés propio, pero todos tendrían claro que el único medio para merecer el enriquecedor aporte de los demás es a la vez poder satisfacer los deseos de otros. ¿Se puede acaso imaginar otro sistema que incentive a todos a trabajar para el bienestar ajeno con el incentivo de beneficiarse a sí mismo?
    Todos estarían intentando economizar recursos y tiempo, pues los costos serían por cuenta propia. Todos estarían usando su ingenio e iniciativa para ser ellos quienes resultan directamente beneficiados del esfuerzo de los demás. Puntualidad, diligencia, honradez y responsabilidad personal serían cualidades que todos desearían tener para poder beneficiarse de la confianza de los demás.
    Ese “sueño” está a nuestro alcance y es fácil lograrlo, pues lo único que hay que hacer es no impedirlo. Es el sistema natural que ni siquiera es necesario comprender.
    Si se trata de algo tan obvio y tan simple, ¿qué lo impide? “La pretensión del conocimiento”, nos dijo el economista Friedrich Hayek, quien en su artículo con ese título escribió: “Lamentablemente, hay quienes consideran saber mejor lo que en realidad conviene a los demás. Estos iluminados no confían en la gente y, consecuentemente, creen que si se deja a la gente en libertad, se harán daño o lo harán mal. Los iluminados se sienten que están en posiciones de poder porque son los llamados a salvar a la gente de sí misma. Entonces proceden a utilizar el poder coercitivo del Estado para regular, dirigir y encausar las actividades de todos los demás. Los mecanismos que emplean necesariamente son coercitivos, planificando y dirigiendo la economía a su leal saber y entender. Así nace la economía dirigida, que niega a las personas su libertad ‘por el bien del pueblo’”.
    Esa es la razón por la que todavía hay pobres en el mundo. Los “iluminados”, con su mentalidad primitiva, determinan el quehacer de los demás. Le roban a uno parte de su renta (impuestos) para gastarlo en lo que creen conveniente; como si fuéramos tontos y no supiéramos administrar nuestros recursos económicos. No hay ningún misterio. La única salida es que, por el bien de los pobres, por el bien de la humanidad, los iluminados con humildad se aparten y acepten los resultados de las decisiones que libremente la gente toma respetando a los demás.
    También debemos tener en cuenta que siendo toda la gente distinta y actuando de manera diferente ante las mismas circunstancias, no nos debe extrañar que si todos están sujetos a las mismas normas, los resultados serán desiguales. Las diferencias entre las personas son inmensas por una combinación de numerosas causas, como diferencias de edad, de lugares de residencia de los padres, diferentes parientes y amigos, diferente educación y conocimientos, diferentes aptitudes intelectuales y talentos, diferentes gustos, diferentes cualidades físicas, diferentes prioridades, diferentes ambiciones e infinidad de otras diferencias visibles o escondidas de la colectividad humana.
    Como no se pueden esperar resultados iguales cuando las personas se rigen por las mismas normas de conducta, confrontamos el dilema de si queremos resultados iguales para todos necesariamente tendríamos que tratar a todos de manera desigual. Un sencillo ejemplo: si queremos que en una carrera de 100 metros todos lleguen a la meta al mismo tiempo, tendríamos que darle ventaja a los gordos y lentos, a la vez que de alguna manera frenamos a los de piernas largas. La conclusión es que para poder lograr igualdad de resultados, obligatoriamente tenemos que dar un tratamiento desigual a las personas.
    Y lo peor del caso es que como no sabemos realmente quiénes sacarán ventaja sino hasta después de terminada la carrera, los ajustes habría que hacerlos retroactivamente. Es decir, hay que modificar los resultados después de que todos observaron las mismas reglas.
    Esto deja claro que cuando se desea que prevalezca la igualdad ante la ley, tenemos obligatoriamente que abandonar la aspiración de igualdad de resultados. Por ejemplo, supongamos que las normas de Ley que se aplican a todos consisten en tres principios que todos deben observar:
    1) Respeto a la integridad física de las demás personas.
    2) No apropiarse de lo que otros han adquirido legítimamente
    3) Respetar los compromisos y contratos efectuados.
    Así, los resultados de la labor de la gente serán siempre desiguales por las razones apuntadas arriba. Si comparamos el bienestar y la riqueza, unos se harán ricos y otros no tanto, aunque la experiencia de las naciones donde se ha respetado históricamente la igualdad ante la ley, la pobreza disminuye y aumenta progresivamente el nivel de vida de su gente.
    Entonces, para lograr igualdad habría que quitarle a los más productivos, más laboriosos o afortunados para redistribuirlo entre otros menos afortunados, menos productivos o más flojos. Pero si las reglas dictaminan lo que cada uno logra con su trabajo es suyo, la población entera producirá más, habrá más para todos y la riqueza se extenderá. Por el contrario, si se fija un tope de beneficio y la diferencia es redistribuida, la producción total decae dramáticamente. ¿Quién se va a esforzar en producir lo que sabe que le van a quitar?
    Pero lo más serio del asunto tiene que ver con la convivencia social porque nadie se puede sentir justamente tratado si la ley se aplica en forma diferente. La base de la justicia es la igualdad de tratamiento.
    En el mundo imperfecto en que vivimos, la justicia depende de que las reglas sean iguales para todos. De lo contrario, el resultado es la arbitrariedad de la ley, sin posibilidad de paz ni de prosperidad.
    No se si te enterastes, pero el 23 de julio del 2006 fue un día especialmente malo para todos los pobres del mundo: Que las naciones del mundo no lograsen ponerse de acuerdo para liberalizar más el comercio mundial es, para el bienestar del planeta –especialmente para el bienestar de los más pobres–, el equivalente a que las naciones del mundo no lograsen avanzar un ápice en las negociaciones de paz en medio de una conflagración mundial. El consuelo es que el director de la OMC parece más consciente de la necesidad de resultados tangibles y eficaces en la liberación comercial global de lo que demostró el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan.
    Sería deseable que este colapso en las negociaciones sirva como un campanazo de alarma, especialmente en la Unión Europea y en Estados Unidos; de lo contrario, el proteccionismo comercial se habrá anotado otra victoria en detrimento de los más pobres del planeta.
    Ya te he dicho que el libre comercio es el arma más eficaz para promover el crecimiento económico y abatir la pobreza en el mundo, pero resulta desesperante que a la hora de la verdad, más allá de la retórica, los gobiernos de casi todo el mundo, especialmente los de la Unión Europea, pero también los de no pocos países en vías de desarrollo, se resistan a la liberación comercial.
    Más triste es conocer la razón de fondo para tal resistencia. Esos gobiernos están defendiendo los intereses de pequeños pero poderosos grupos de presión en cada país, entre ellos los vociferantes sindicatos de clase (muy antiglobalizadores), que están muy representados en la arena política respecto de la poca representación efectiva que tenemos las mayorías, los consumidores.
    Es la lógica de la acción colectiva. Dicho en breve: los grupos pequeños pero organizados que defienden intereses específicos (digamos, los agricultores en Europa) tienen mayor eficacia para influir en las políticas públicas que grupos numerosos pero dispersos y desorganizados, como es el caso de los consumidores.
    Durante mucho tiempo, los europeos han impuestos aranceles a los productos agrícolas en los que los africanos tenían una ventaja comparativa. Además, estos aranceles se colocaban de manera escalonada, de menor a mayor elaboración: cuando introduces materias primas los aranceles son escasos pero conforme vas añadiendo valor, el arancel aumenta. Por ejemplo, si un africano vende a la Unión Europea granos de café, el arancel es pequeño, pero cuando tuestas esos granos, el arancel se incrementa en mucho. Por tanto, el incentivo es el de enviar a la Unión Europea las materias primas. En este sentido, por ejemplo, si algún empresario español tenía pensado establecer una fábrica de café en Kenya, lo sensato es montarla en Salamanca y comprar a Kenya los granos de café en su forma más primaria.
    Otro problema son los subsidios que los gobiernos de países desarrollados han dado a sus agricultores para cultivar grandes cantidades de productos agrarios y luego enviar el excedente a África, normalmente a un precio por debajo de mercado o regalado, con el argumento políticamente correcto de la ayuda al Tercer Mundo.
    Así, si eres un agricultor de Kenya y cultivas trigo, por ejemplo, y a los agricultores de la Unión Europea se les paga para sobreproducir, hasta el punto de que sus gobiernos envían a Kenya el excedente de trigo, los agricultores de Kenya cosechan el trigo y lo ofrecen a los consumidores, pero todos se inclinarán por comprar el trigo barato o regalado de la Unión Europea.Y el próximo año, los agricultores de Kenya, anticipan esta situación, y cultivan menos trigo o nada. Sin embargo, por cualquier circunstancia no se manda trigo suficiente de los países del Primer Mundo y tienen una carestía y la consiguiente hambruna.
    Habrás oído también a otros colectivos izquierdistas propugnando que el único camino para combatir la pobreza en el mundo es reduciendo nuestro desbocado consumo. El Tercer Mundo es pobre porque nosotros somos ricos. Si consumiéramos menos, el Tercer Mundo podría consumir más.
    Comprenderás que detrás de esta argumentación se esconde una supina ignorancia económica. Aparte del hecho fundamental de que la tarta no esté “dada”, sino que el ser humano, gracias a su ingenio e iniciativa empresarial, consigue ampliarla continuamente de manera que sólo consumimos aquella parte nueva que hemos creado.
    Los trabajadores occidentales consumen mucho porque antes han producido mucho y tienen algo que ofrecer a cambio. Comprender este hecho me parece fundamental para ver el absurdo de la propuesta altermundista.
    Si decidimos reducir nuestro consumo, por ejemplo, a la mitad, puede que hoy dispongamos de abundantes excedentes de bienes de consumo. Pero, ¿cuál será el incentivo mañana para continuar produciendo el doble de cuanto queremos consumir? En este escenario, o bien la gente se dedicaría a mejorar las estructuras de capital para reducir el tiempo necesario para producir los bienes y servicios que quieren consumir o, simplemente, reduciría su jornada laboral, esto es, reduciría la producción a la mitad.
    En otras palabras, el excedente productivo que obtendríamos hoy si súbitamente nos abstuviéramos de consumir tanto, se esfumaría mañana. La única manera de continuar produciendo el doble sería, precisamente, estableciendo una dictadura socialista que obligara a los trabajadores a seguir acudiendo 10 horas al trabajo cuando podrían satisfacer sus necesidades con cuatro.
    El problema no es que los países desarrollados consuman demasiado, sino que en el Tercer Mundo produce demasiado poco. En este sentido, la pregunta oportuna es: ¿por qué el Tercer Mundo es incapaz de producir tanto como los países desarrollados? Y no: ¿por qué los países desarrollados son tan insolidarios consumiendo la porción del pastel del Tercer Mundo?
    El pastel no está dado, lo producimos nosotros. Pídanos que consumamos menos y produciremos menos. La única vía expedita será entonces la mano férrea y tiránica de los políticos.
    El Tercer Mundo tiene que enriquecerse a través de la producción. Necesita empresarios y capitalistas, esto es, necesita de un marco jurídico e institucional en el que la propiedad privada sea protegida y reconocida. Bien poco podemos hacer los occidentales para que salgan de su pozo; salvo una cosa, no dejarnos manipular con propuestas progres absurdas y lamentables.
    Son terribles las inconsistencias del pensamiento progre en lo que al Tercer Mundo se refiere. Si no sostienen que el primer mundo es el causante de la pobreza de los países pobres, son capaces de defender que, como los recursos naturales son una tarta, es decir, finitos, hay que repartir el postre entre todos. Para la izquierda, repartir es la obsesión, a veces por envidia, otras por organizar a la sociedad según la visión que mantienen y otras porque eso les permite impedir que el capitalismo funcione correctamente justificando así su ideología. La pretensión arrogante de decirnos lo que debemos hacer y de culparnos por los males del mundo, revela una patética visión de la naturaleza humana

    Decir que el Tercer Mundo es pobre, porque nosotros somos ricos es una necedad tan supina como decir que las estepas asiáticas ocupadas por los mongoles y los hunos en tiempos de los romanos vivían en el tribalismo super-retrasado por culpa de Séneca y Cicerón.
    A menudo vemos manifestaciones contra la pobreza organizadas a modo de “llamada a la toma de conciencia de Occidente” sobre la precaria situación de cientos de millones de personas en todo el mundo, desde Somalia a la India y desde Bolivia (País rico en reservas energéticas) a Corea del Norte (los de Corea del Sur están a salvo puesto que espabilaron en su momento como hicimos en España en el 36). La pretendida “lucha contra la pobreza” que preconizan la mayor parte de ONG’s y organismos públicos (no en último lugar de los cuales se encuentra la ONU) subyace un planteamiento de base que, de la forma más paradójica, conduce a las poblaciones pobres hacia un mayor grado de pobreza, de dependencia y de retraso.
    En su mayor parte, quienes se visten de blanco inmaculado para clamar en las calles contra la pobreza en el mundo proponen una solución basada en la caridad de los Gobiernos de los países más prósperos, extraña caridad, puesto que se ejercita con escapulario ajeno (el del contribuyente). Esa solución que en lenguaje politically correct utiliza el eufemismo de redistribución de la riqueza.
    Esta pretendida solución parte de un presupuesto muy singular para muchos descerebrados: que la riqueza es una masa constante la cual, como la energía que estudiabas en las clases de física del colegio, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. De ese presupuesto extraen los redistribucionistas una conclusión no menos llamativa: que los pobres son pobres porque se les priva de lo que a los ricos les sobra. Esta convicción está fuertemente enraizada en el imaginario popular: basta con mirar los anuncios de las ONG’s donde se nos exhorta a meditar sobre el hecho de que, con lo que nosotros gastamos cada día en refrescos o en ir al cine, puede alimentarse a toda una familia de Zambia, estableciendo así un poco sutil paralelismo entre una cosa y la otra.
    La tesis de la riqueza constante y mal repartida puede quedar bien en los anuncios, pero se ve tajantemente desmentida por la realidad: si la riqueza fuera constante, el crecimiento económico mundial sería simplemente imposible. Sin embargo, lo cierto es que la riqueza mundial ha crecido en su conjunto desde el principio de los tiempos históricos, puesto que el hombre en su estado primitivo y por naturaleza es pobre y, desde que se aplica el cálculo macroeconómico, ha crecido a unos ritmos con frecuencia superiores al 6% anual. Por tanto, la riqueza, lejos de estancarse, nada menos que se duplica cada 15 años aproximadamente y no de un día a otro, como a ti y a cualquier indignado con tanta miseria en el mundo le gustaría. El capitalismo funciona pero no hace milagros.
    De modo que, si el crecimiento fuera un hecho sobrenatural, bastaría que tomaras la varita mágica que lo provoca para tocar con él a todos los países, no sólo a unos cuantos. La varita mágica, de hecho, existe: es el libre comercio. Puedes hacer un ejercicio muy sencillo, como es comparar las curvas de crecimiento de, por ejemplo, Irlanda y Francia durante los últimos diez años, y comprobará los efectos de una política abierta, atractiva para la inversión y favorable para la iniciativa privada, frente a una progresiva política de rancio centralismo intervencionista, fuertemente protectora y arancelaria.
    Sin embargo, los ovinos manifestantes vestidos de blanco suelen combinar en sus cánticos y consignas las demandas contra la pobreza y los ataques al libre comercio en general (o al sistema en que se basa: el capitalismo) y a las empresas multinacionales, como si estos agentes fueran los causantes de la pobreza, cuando en realidad son la única esperanza de prosperidad para las masas oprimidas del mundo.
    No pongo en duda que la mayoría de los problemas sociales proceden de la escasez. Y el principal problema de una sociedad es la atención a aquella parte que sufre la escasez de forma más acuciante, pero la sociedad está cimentada sobre la producción y la oferta. La riqueza de una familia viene de lo que pueda producir, bien para consumo propio bien para intercambiarlo en el mercado. El progreso económico, el social en consecuencia, proviene de la acumulación de capital que haga el empeño económico más productivo.
    La pobreza es la misma condición del hombre. Nuestra existencia primaria es miserable y frágil, y solo la producción y acumulación de los medios adecuados la ha elevado sobre la mera y brutal supervivencia.
    Por otro lado, está impresa a fuego sobre el alma humana la compasión; el deseo de aliviar las penurias del próximo. La caridad, en consecuencia, ha acompañado siempre a la historia del hombre, como lo han hecho la pobreza y el deseo, como el tuyo, de aliviar la propia y la ajena. El ejemplo más antiguo que yo pueda conocer es el de la Iglesia Católica, que cuenta con una amplia red de atención a los más desfavorecidos antes que los progres inventaran las ONG’S; y no dudo que aquella prevalecerá sobre éstas en cuanto pase la moda y las “subvenciones”.
    Por otro lado, la caridad privada es mucho más eficiente que la pública, pues los donantes pueden retirar la confianza a las organizaciones que juzgan incompetentes, mientras que el Estado se nutre coactivamente y carece de incentivos para proceder con eficacia y honradez.
    Cuando la gente de buena fe lee las siglas ONG piensa en instituciones independientes cuyos miembros y simpatizantes dan su tiempo y sus recursos para tratar de hacer el bien a lo largo y ancho del mundo. No quiero negar que tales organizaciones puedan existir. Sin embargo, esas tres siglas esconden de forma habitual a las organizaciones más estatalistas y, por lo tanto, enemigas de la libertad individual que uno se pueda encontrar. Paradójicamente las ONG´s suelen ser las organizaciones más financiadas así como las más influenciadas por los gobiernos. Simultáneamente, uno se encuentra bajo ese paraguas con toda clase de organizaciones paragubernamentales candidatas a edificar o controlar aparatos estatales.
    Por fortuna, en los últimos años se ha ido abriendo paso la verdadera naturaleza de la mayor parte de estas organizaciones y su imagen es cada vez menos inmaculada. Todo el mundo ha podido comprobar la hipocresía del movimiento anti-globalizador, constituido en torno a una marea de ONG´s, que se autoerigen en defensores de los pobres mientras que les aplasta con barreras comerciales. También resulta cada vez más patente que las ONG´s del movimiento ecologista y neomalthusiano adoran los microbios y detestan al hombre. Todo esto ha provocado que más de uno se plantee primero cómo se financian estos chiringuitos y, después, cómo es posible que sus impuestos hayan ido a parar a esas manos.
    La N no la llevan entre la O y la G porque crean que la solución a los problemas sociales está en la esfera de las relaciones voluntarias y privadas. En absoluto. Lo que ocurre es que piensan que no son los gobiernos sino ellos quienes han de gastar el dinero de los ciudadanos; al menos hasta que ellos hayan tomado el gobierno. Por otra parte, la relación entre las ONG´s y los gobiernos es de refuerzo mutuo. El estado crece y se crece al calor de las ONG´s, y tanto el poder como la financiación de las ONG´s crece a la sombra de los gobiernos. En nuestro país esta simbiosis se ha podido comprobar con la organización Solidaridad Internacional. Su presidenta, Leyre Pajín, fue nombrada secretaria de estado de cooperación internacional. Acto y seguido, su antigua organización pasó de ser la séptima a ser la segunda más agraciada con las dádivas públicas. Pero, al mismo tiempo, la legitimidad extra que otorga una “altruista” como Pajín sentada en el sillón oficial ha ayudado a expandir el presupuesto de la secretaría.
    Resulta evidente que una gran parte de las ONG´s se han convertido en el coladero de los nuevos totalitarismos. Las revueltas incendiarias del año 2005 en Francia no se entienden sin la estructura organizativa de las ONG´s. Aquellos sucesos fueron una demostración de su elevado nivel organizativo y de hasta qué punto han tenido éxito. Se han convertido en estados dentro del estado. Y si vivir bajo el poder de un estado ya es sofocante, hacerlo bajo el de dos no hay quien lo aguante. Se presentan con una tarjeta de visita que le integra en el ámbito privado de la sociedad cuando, en realidad, la mayoría sólo pretende destruirlo. Se trata de un troyano para el que sólo hay un antivirus: El liberalismo.
    Amnistía Internacional, presuntamente dedicada a defender los derechos humanos en el mundo y que no digo yo que lo haya dejado de hacer, hace un par de años sacó un informe diciendo que EEUU era la mayor amenaza mundial para los derechos humanos ¡¡EEUU!! No China, Rusia, Arabia Saudita, Cuba, Corea del Norte. Para colmo los países que formarán parte del nuevo Consejo de Derechos Humanos de la ONU serán Cuba, Arabia Saudí, Marruecos o China. Se supone que es un órgano que debería velar y garantizar el respeto a los derechos humanos.

    Luego esta Ben Magec-Ecologistas en Acción Canarias, que son 2 tíos (siempre los mismos, dos) que salen en todos los medios continuamente oponiéndose a TODO lo que sea desarrollo y prosperidad, ya sean hoteles, puertos o centrales eléctricas. Si se les hiciera caso, hoy Canarias seria una preciosa y paupérrima extensión de tometeras o plataneras.
    En estos varios miles de años de historia de la compasión y la caridad hay un principio que se extrae con total claridad. El camino para aliviar la pobreza es la producción y la acumulación de capital. Y puesto que ambas dependen no de los bienes materiales sino de la actitud de cada uno, la caridad ha tendido siempre a reformar las personas más que a la atención de las necesidades por la mera cesión de bienes o rentas. Las organizaciones caritativas del XIX, por ilustrarte con un ejemplo, no solían dar dinero sino bienes poco líquidos pero que sirvieran a las necesidades reales de los pobres. Y en cualquier caso se tendía a que la caridad estuviera condicionada a un trabajo (cortar leña, por ejemplo), aunque no fuera suficiente para cubrir el pago de lo recibido. Se insistía también en la necesidad de llevar una vida ordenada, y alejarse de los compañeros habituales de la pobreza: la drogadicción, el alcohol, una vida desordenada y alejada de la familia.
    Es curioso que los chicos antiglobalizadores son los que más se entregan al botellón, al aborto y al estilo de vida OKUPA.
    La moral personal, el trabajo y el ahorro, la familia, la pertenencia a una comunidad de personas en una sociedad estructurada por usos comunes. Todo ello constituye el camino por el que han salido de la pobreza millones de personas. No por la atención básica e inmediata en los momentos de mayor dificultad, sino porque se han reinsertado en una vida sustentada, como decía antes, en la producción y la oferta.
    Esta idea básica ha sido muy mal comprendida por muchos, que han adoptado la posición contraria: de incidir en la oferta han pasado a hacerlo sobre las necesidades acompañado de un talante políticamente correcto: ser antiyanki, ateo hasta la muerte y multicultural hasta con los “jomeinis nucleares”.

    Puesto que las necesidades son potencialmente insaciables, todo el entramado creado sobre ese principio (el abusivo Estado de Bienestar), tiene en su razón de ser el motivo de su ruina. Solo el haberse desarrollado sobre una sociedad libre y productiva está permitiendo sostenerse, pero no a largo plazo.

    La lucha contra la pobreza de una determinada parte del planeta sólo puede basarse en la mejora de la realidad económica de dicho lugar. Los subsidios y la caridad son una ayuda a corto plazo, pero resultan letales a largo plazo, porque sólo prolongan determinadas situaciones contra las que hay que luchar de raíz.
    Recuerdo ahora cómo el inigualable novelista norteamericano Tom Wolfe describe la indignación como la estrategia preferida de los autoproclamados intelectuales para revestirse de dignidad moral. Esto se debe a que, reflexionando sobre el fenómeno de la globalización, he recordado el coro de lamentos escuchado hasta la saciedad que rezaba, entre otras cosas, que los ricos son más ricos y los pobres más pobres por culpa del capitalismo global.
    Espero que no me entiendas mal. Desde luego que considero que el futuro inmediato de los más necesitados del planeta es un asunto de máxima prioridad. Y conmigo tú y miles de personas en el mundo que, gracias a la globalización de la información, han adquirido una nueva conciencia global.
    No obstante, y tal y como ya advirtiera Revel, esta nueva civilización del conocimiento esconde graves paradojas: la mentira es la primera de todas las fuerzas que la dirige, sentencia. Yo añadiría que es una mentira cargada de indignación. En efecto, y centrándonos en la máxima sobre riqueza y pobreza antes reseñada, a día de hoy ha quedado patente cómo millones de personas bienintencionadas han sido embaucadas por los alaridos de cierta intelectualidad mayoritaria e indignadísima que, de manera curiosamente acientífica, han mantenido y mantiene posiciones manifiestamente anticapitalistas.
    Lo grave del asunto es que la inmensa mayoría de la población ignora el engaño masivo y hace propia la indignación de sus voceros de manera acrílica.
    En los últimos treinta años no sólo la pobreza ha disminuido, sino que lo ha hecho a la mayor velocidad y afectando al mayor número de personas de la historia. En efecto: “La tasa de pobreza medida por el umbral de un dólar/día ha caído del 20% al 5% en los 20 últimos años. La tasa correspondiente al umbral de los dos dólares/día ha caído del 44% al 18%. Hay entre 300 y 500 millones menos de pobres actualmente que en los años setenta”.
    Lo que quiero reseñar, a modo de reflexión, es que la mentira indignada de ciertos miembros de nuestra sociedad sigue siendo capaz de avasallar a la ciencia hasta el punto de que la inmensa mayoría de la población desconozca los resultados científicos más relevantes de los últimos años sobre la globalización. En ese sentido, ya va siendo hora de poner a tanto intelectual demagogo en el lugar que le corresponde, amen de empezar a meditar si no es más honrado apelar a la ciencia antes que a la autocomplacencia moral que proporciona tanto indignado. Puede que las distancias hayan aumentado, porque hay muchos ricos que son más ricos, pero el número de pobres es menor. Pregúntaselo a los chinos, un buen ejemplo de cómo la globalización y abrazar a ese “maldito capitalismo” puede enderezar el destino de 1.400 millones de personas.

    Los avances tecnológicos obtenidos gracias a la inversión capitalista, por otra parte, hacen posible que millones de seres humanos disfruten de ciertas posibilidades que hasta hace muchos años estaban totalmente fuera de su alcance.

    Dos notas serían interesantes comentar:

    1) Sólo una mentalidad interesada o partidista puede defender ya la vieja engañufla marxista de que “los ricos son más ricos y los pobres más pobres por culpa del capitalismo global”. La única verdad es que el “capitalismo” y la “globalización” han hecho más ricos a algunos y menos pobres a muchos.

    2) Un factor que no se suele comentar mucho cuando se recuerda que en las últimas dos décadas la tasa de pobreza internacional ha caído, es que este fenómeno se debe indiscutiblemente a la desaparición (en gran medida) del gran elemento perturbador de los países tercermundistas y en vías de desarrollo: el comunismo dirigido desde las terminales moscovita.

    La tarea siempre inconclusa de liberación, de revolución libertaria, ha cubierto los últimos cincuenta años de nuestra historia reciente. Con frecuencia cuando se proponen recetas irresponsables para acabar con la sequía de acá o la hambruna de acullá los teóricos del saqueo establecen un programa en dos fases:

    La primera, ocultar el fracaso de anteriores planificaciones forzosas y salvamentos colectivos con la hoz y el martillo de enseña.

    La segunda, valerse de la desventura presente para prometer la abundancia futura, copiando punto por punto la fórmula magistral que llevó en tiempos pasados a la ruina sin paliativos del pueblo tocado por la varita mágica del socialismo.

    No es un tema éste baladí, porque en África y Sudamérica se perturba el normal desarrollo económico con guerras y guerrillas revolucionarias, regímenes totalitarios retrogradoizquierdistas, caciques como los que describistes de la República Dominicana que controlan en monopolio el mercado de la caña de azúcar con ayuda de los burócratas corruptos. Pero esto no es el mercado libre por el que abogo.

    El ejemplo de la China comunista clarifica todo esto. Ha bastado una cierta liberalización económica para que el atraso maoísta empiece a ser cosa del pasado para centenares de millones de chinos. Otros, lamentablemente, tendrán que esperar.

    Demonizar al capitalismo, representado por EE.UU. y las multinacionales, ha sido y todavía es un ejercicio fácil y autocomplaciente de muchos falsos progres. Lo primero que debe defender una persona es la libertad de pensar, analizar y razonar sin prejuicios de ningún tipo, en aras del bienestar mayoritario. La gran ventaja de ser de izquierdas, solía decir Revel, es que la certeza sobre la bondad moral de las posiciones propias está al alcance de cualquier imbécil: basta y sobra con ser antiamericano siempre; pase lo que pase y ocurra lo que ocurra.

    Parece una obviedad que el bienestar aumenta cuando el mercado entra en una zona geográfica, aunque cree desigualdades, incluso en una primera etapa existe el trabajo infantil y “salarios precarios”, precarios si tomamos como referencia los salarios occidentales; pero aquél a la larga desaparece y éstos no son hirientes hasta el punto de crear fracturas sociales. De todo ello se deduce que el sistema productivo y de distribución de bienes materiales capitalista debería extenderse a nivel mundial, pero tan cierto como lo anterior es que un desarrollo sostenible no es posible si se generalizan niveles de consumo y utilización de los recursos naturales como los del primer mundo. Esto conllevará seguramente un replanteamiento, a menos que no queramos matar la gallina de los huevos de oro. La reducción de la pobreza no es posible tendiendo a un desarrollo mundial no sostenible.

    Cuando cualquier Estado pretende controlar la producción sólo genera carestía y una mala asignación de recursos. La cuestión no es “cómo universalizamos la producción de alimentos”, sino “por qué los africanos no pueden comprar o producir alimentos igual que haces tu”. Y la respuesta es muy sencilla:

  5. Hilario Ideas Dice:

    porque los gobiernos corruptos africanos no respetan la propiedad privada de los individuos.
    Piensa en Zimbawe. Si tú diriges una compañía y anuncias que vas a invertir en este país, el valor de sus acciones caerá inmediatamente. Los accionistas se pondrán nerviosos; no importan las enormes oportunidades de beneficio, la incertidumbre es aún mayor. Otro tema es lo de Sudán o Bolivia, donde el gobierno envía arbitrariamente al ejército contra cualquier individuo o empresa.
    Si los africanos pudieran producir, ahorrar e invertir sin que sus políticos los oprimieran, explotaran, expoliaran o arrasaran, no tendrían dificultad alguna para adquirir los alimentos que requieren para subsistir; sólo el intervencionismo empobrecedor y asfixiante explica la situación de parálisis absoluta en que viven tantos africanos.
    La propiedad privada incluye muchas y diversas cosas; significa que si llego a un acuerdo con otra persona y finalmente ésta no lo cumple, debo poder ir a los tribunales para que lo hagan cumplir; significa que si tu, eres propietario de una tierra, tienes que poder acreditar que lo eres, de manera que puedas disponer sobre tu tierra sin que los políticos se inmiscuyan (por ejemplo, expulsándote de tu casa, expropiándote la tierra y vendiéndola en pública subasta).
    El derecho de propiedad implica todas estas cosas, incluyendo que si cultivas cualquier producto en tus tierras has de poder venderlo a quien quieras, sin necesidad de pasar por los departamentos gubernamentales. Probablemente, uno de los casos paradigmáticos de este ataque a la propiedad privada sea Etiopía.
    Etiopía es un buen ejemplo; incluso hoy el gobierno no reconoce la propiedad privada. La gente no tiene nada que dejar en herencia a sus hijos, todo es propiedad del gobierno, quien nacionalizó todas las tierras en su período comunista.
    El problema es que al Primer Ministro de Etiopía, Meles Zenawi, len han preguntado reiteradamente por esta situación y su respuesta siempre ha sido que “no reconocerá los derechos de propiedad hasta que su partido esté muerto y enterrado”.
    Hemos visto durante 20 años a gente morirse de hambre en Etiopía. La gente sólo se muere de hambre cuando no puede cultivar suficiente comida para alimentarse, y no puede cultivar suficiente comida sólo cuando no puede planificar su futuro; de manera que no puedan almacenar la comida, alquilar un tractor, o administrar su propiedad. Y la razón por la que todo esto no puede hacerse en Etiopía es porque la gente no sabe durante cuánto tiempo van a poseer sus granjas. El 50% de la tierra tiene una gran fertilidad; Etiopía debería ser el granero de la región. Pero la gente no tiene derechos de propiedad.
    Por ello, uno esperaría que la prioridad de Meles Zenawi fuera emprender una reforma de la tierra que diera títulos de propiedad a sus usuarios. Pero no, su objetivo sigue siendo pedir más ayuda a los países desarrollados.
    Entonces Manuel cabe pensar que muchos gobiernos africanos podrían no hacer reformas deliberadamente para continuar percibiendo ayudas y mantenerse en el poder. Al fin y al cabo, el surgimiento de una clase empresarial significaría, como ocurrió en Europa, una firme oposición a su poder absoluto.
    Ahora bien, la cuestión del poder sí es el gran incentivo. Cuando tienes gente al borde de la subsistencia puedes organizarla y dirigirla de la manera que tú desees, puedes hacer incluso que te besen los pies. El perder todo eso poder les horroriza.
    Desde luego, si de algo carece el Tercer Mundo es de la presencia de capital financiero internacional que permita a los individuos crear sus propias empresas, generar puestos de trabajo y producir masivamente bienes de consumo como los que disfrutas tu o yo cuando vamos a uno de esos malditos centros comerciales capitalistas; carencia que, de nuevo, se explica por la falta de seguridad en torno al derecho de propiedad. Si el Gobierno puede nacionalizar los patrimonios o dirigir las compañías, como las que fabrican zapatillas, nadie en su sano juicio invertirá en ese territorio. ¿Cuánto crees que duraría en España la Volskwagen, Carrefour, Nestlé, Hewlet Packard, Sony, etc., todas malditas multinacionales, si a los iluminados del gobierno les da por controlar el precio al que deben vender sus productos?

    De ahí que ningún economista liberal sostenga que la pobreza del Tercer Mundo se deba a su “improductividad natural”, sino a la impuesta por el intervencionismo económico de sus gobiernos corruptos y falsamente democráticos.

    En cuanto condonar la deuda externa es una mala idea. Es mala porque acarrea el mito de que en el Tercer Mundo tienen un derecho sobre el resto de los países.
    Si los europeos han dado dinero para algún proyecto y algún gobierno irresponsable, pongamos de África, se queda todo el dinero para el disfrute de sus burócratas, hagamos que lo devuelva. Es la única manera de empezar con buen pie. Tenemos que someter a los gobiernos africanos a lo mismos patrones que cualquier otro gobierno del mundo; no necesitan reglas especiales. Las reglas especiales se convierten en absurdas y se pierde el control.
    Los gobernantes de países del Tercer Mundo no son especiales, si pidieron dinero prestado tienen que devolverlo. Los Estados como cualquier individuo tienen que ser responsables del dinero que pidieron prestado.
    Volviendo al tema de la limitación de los precios lo primero que debemos recordar es que éstos, incluidos los de las zapatillas NIKE no los debe fijar nadie que esté inspirado en salvar al mundo, sino que deben ser el resultado de las interacciones de los agentes que actúan libremente en el mercado. El capitalismo no es una versión privatizada del socialismo, donde el Comité de Planificación imponía unos precios que sólo el propio Comité, de manera unilateral y arbitraria, podía revisar. En el libre mercado, los empresarios capaces de ofrecer a los consumidores los precios más bajos o los productos de mayor calidad son los que triunfan, siendo soberana la decisión del consumidor y no de ningún burócrata iluminado.

    El problema, no obstante, sigue siendo el de siempre. No son los Estados los que tienen que alimentar a su población arrebatándoles su riqueza para luego comprar alimentos en los mercados internacionales. Cada individuo debe ser responsable de proveerse su sustento.

    La concepción de que los alimentos no son una mercancía sino un derecho humano nos lleva a creer que los alimentos no tienen por qué ser producidos, pues caerán automáticamente del cielo, como si de maná se tratara. La producción de alimentos se rige exactamente por las mismas leyes que la de coches u ordenadores: si queremos darle un trato diferencial, promoviendo iniciativas intervencionistas que controlen la producción y la distribución, lo que conseguiremos será una población hambrienta, anestesiada, sumisa al Estado y controlada por los políticos. Es decir, justo la situación vigente en el Tercer Mundo.

    En este contexto de total dependencia, resulta casi imposible que emerja una clase empresarial capaz de generar riqueza y desarrollarse.
    Sólo los habitantes del Tercer Mundo saben en qué posición se encuentran ahora; sólo ellos saben que pasa en sus sociedades, cuál es el estado mental de la gente… Pero tienen que entender y aprender cómo se gana el dinero. Lo que el Tercer Mundo necesita son más millonarios; la gente tiene que ganar dinero y no pedir a gobiernos extranjeros que atraquen a sus ciudadanos para que les envíen su dinero en forma de ayuda.
    Decía un africano a otro: si tú no quieres ser colonizado ¿por qué pides a gobiernos extranjeros que fuercen a sus ciudadanos a entregarte su dinero? Sería mucho más sencillo decirles a los Estados occidentales: vuelvan a colonizarnos, no podemos prosperar y cuidarnos por nosotros mismos.
    Hay empresarios por todas partes incluso en el Tercer Mundo. Si vas a cualquier ciudad de África, Asia o Latinoamérica podrás ver distintos negocios por las calles. Vendiendo y comprando ropa; intentarán encontrarte un comprador para tu reloj, para tu teléfono móvil, para tu coche averiado… No faltan empresarios, falta el marco jurídico que necesita el empresario.
    Muchos opináis que las multinacionales, constituye un flagrante “monopolio sobre la riqueza” que asesina a los pobres del mundo, al no preocuparse por la redistribución y obsesionarse con la búsqueda de beneficios.

    Las multinacionales no “controlan” el 54% de la producción mundial, más bien la han “creado”. Las multinacionales han creado unos bienes que antes no existían y, por tanto, no han perjudicado a nadie. No pueden ser las responsables del hambre porque no han quitado nada a nadie, sino que han generado ex novo. La nacionalización a secas o una disimulada intervención en su gestión económica no supondrían una transferencia de riqueza, sino su destrucción.

    Las empresas pueden generar esa riqueza que favorece a sus trabajadores, accionistas y consumidores, precisamente, porque tratan de incrementar sus beneficios. Si no persiguieran incrementar sus ganancias, simplemente se estarían suicidando, o no existirían.

    Si las multinacionales renunciaran a los beneficios, todo el capital occidental perdería su valor y se consumiría. La base de nuestro crecimiento y bienestar desaparecería. La propuesta de muchos progres acabando con las multinacionales no permitiría que el Tercer Mundo alcanzara a los países desarrollados en riqueza, pero sí que los países desarrollados se equipararan con el Tercer Mundo en miseria.

    Las transferencias estatales sólo sirven para consolidar y ampliar el poder de los sátrapas políticos que oprimen a los africanos y socavan su propiedad privada. Con las ayudas sólo lanzamos más gasolina al fuego de la pobreza.

    Si los políticos fueran quienes deciden qué proyectos deben emprenderse o qué productos deben fabricarse, también deberán establecer dónde debe trabajar cada persona, cuánto debe cobrar o a qué precio deben venderse los productos. Además, dado que los recursos son escasos, también deberán fijar qué proyectos no deben emprenderse y qué productos no deben fabricarse. En otras palabras algunos pretenden que se someta a todas las personas al arbitrio de los políticos: los individuos pierden su capacidad para ejercer la función empresarial, crear riqueza y satisfacer sus necesidades. Y dado que el Gobierno sigue controlando la economía y que se ha quedado sin riquezas que expoliar y redistribuir, la miseria se extiende y se perpetúa.

    El socialismo disfrazado en el sentimiento de culpa por los hambrientos del Tercer Mundo, oculto en la falsa progresía, no sólo es un monumental fracaso, es el paradigma de la hipocresía y la maldad. Su mentira sirve para justificar el cercenamiento de la libertad, la pobreza permanente y los asesinatos más atroces.

    Algunos no han sido capaces de asumir la caída del Muro y siguen mintiendo y manipulando a la población con sus infectas proclamas. Lo lamentable del asunto es que la televisión pública de España, financiada con el dinero robado a los ciudadanos, se preste a difundir semejante vertedero ideológico.
    Hay que señalar con contundencia a esta tropa de iluminados bien alimentados, mamporreros del estatalismo, que utilizan nuestro dinero para difundir un mensaje esclavizante que a su vez sirve para mantener a los africanos en la miseria.
    Manuel, es muy difícil proporcionar argumentos teóricos que apoyen lo bueno que sería un país sin gobiernos intervencionistas. La bondad de liberalismo radica en que tenemos ejemplos de países prósperos donde se practica la libertad económica. Y más prósperos a mayor libertad.
    Algunos de los hipócritas partidos políticos que padecemos en los países en desarrollo es que, equivocadamente, tales partidos y sindicatos afines enarbolan las banderas del proteccionismo comercial para satisfacer a sus bien organizadas clientelas: organizaciones campesinas y de agricultores, etc.
    Manuel, ¿Oístes a la Sra. Esperanza Aguirre diciendo que cuanto más globalizado es un país, cuanto más abierta está su economía, más capaz es de reducir la miseria?. Esto es una obviedad y lo normal es que esto no sorprendiera a nadie.
    Ya se sabe que los progres son muy susceptibles cuando alguien se mete con ellos, pero se creen siempre en condiciones de insultar sin reparos a los que piensan distinto. Por ejemplo, la señora Marga Ferré, portavoz adjunta de Izquierda Unida, llamó a la presidenta madrileña “analfabeta económica”, y añadió: “Que diga Aguirre un solo país donde el neoliberalismo haya generado bienestar”. Esto es asombroso, pero supongo que en IU, donde proliferan los amigos de la dictadura comunista cubana, igual les parece una casualidad que los mismos trabajadores cubanos que malviven en la isla prosperen con sólo vivir unas millas más allá, en Estados Unidos.
    Es típica de la feligresía progresista su bajo nivel intelectual y ético. Hemos visto costaladas memorables como la de Joaquín Sabina que atribuyó el fenómeno masivo de la prostitución en Cuba a la fogosidad erótica del Caribe. Esto demuestra la indigencia intelectual y moral de estos bienpensantes. Que curioso que las cubanas del exilio, a pesar de la misma fogosidad erótica del Caribe de las costas de EE.UU donde residen, no se dediquen masivamente a la prostitución.
    También otro iluminado progre. Dijo que el neoliberalismo no funciona y puso como ejemplo la Argentina: supongo que no ha oído a nuestro amigo Don Carlos Rodríguez Braun decir que en su Argentina supuestamente liberal se mantuvieron cerrados importantes mercados, mientras aumentaban los impuestos, el gasto público y la deuda pública ¡los tres a la vez!
    Los miserables de la tierra que han dejado de ser miserables no están distribuidos al azar: en su mayoría están precisamente, como bien sabes, en los países con economías más libres y abiertas. Es decir, responden exactamente al diagnóstico que formuló la señora Esperanza Aguirre.
    Los progres han encontrado en las grandes empresas uno de los filones más rentables y facilones en sus ataques contra el capitalismo. Los empresarios de las grandes compañías se encuentran atados de pies y manos ante la inquisitorial inspección del izquierdismo internacional. Ninguna decisión que tome una gran empresa está bien vista, sea la que sea.
    Tomemos el sencillo ejemplo de los precios. Todo empresario debe decidir en cada momento si sube, baja o mantiene los precios. Sin embargo Manuel, por extrañas tirrias antiliberales, cuando estas decisiones tiene que tomarlas una gran empresa siempre nos encontramos con conspiraciones monopolísticas.
    Si una gran empresa sube el precio, estamos ante un evidente ejemplo de abuso de su posición de monopolio, con la clara pretensión de explotar a los desamparados consumidores. En este caso, resulta conveniente que el gobierno establezca precios máximos para evitar los daños sobre los ciudadanos.
    Si, por el contrario, decide reducir el precio, sus intenciones pasan indudablemente por establecer precios predatorios que eliminen la competencia para, de esta manera, conseguir una posición plenamente monopolística. En estos casos el progre dice que habrá que subvencionar a las restantes empresas (sobre todo a las afines con su ideología) para que puedan, a su vez, reducir sus precios o directamente sancionar a la empresa que los ha bajado en primer lugar por “competencia desleal”.
    ¿Y si decide mantener los precios sin cambio alguno? No cabe duda de que asistimos a un acuerdo oligopolístico secreto entre las grandes empresas del sector que tiene como objetivo evitar reducciones de precios que beneficien a los consumidores.
    Como vemos, sea cual sea la decisión que adopte una gran empresa estará sometida a duras críticas por parte de los progres y a una continua inspección por parte del poder político. El Estado siempre encontrará una excusa para intervenir y regular el mercado; tiene miedo de una libertad empresarial que enseñe a los consumidores la posibilidad de desvincularse de las relaciones impuestas y obligatorias, de la servidumbre estatal.
    Si una multinacional se instala en una país del Tercer Mundo, el progre dirá que está allí para explotar a los trabajadores (recordemos que antes no eran explotados, se comían las piedras, pero no eran explotados). Si las multinacionales no invierten en el Tercer Mundo, el progre dirá que el capitalismo especula y no es solidario con los pobres. Mientras tanto la mayoría de esos progres, de holgada calidad de vida se dedican a sentirse indignados por tanta hambruna, pero consumiendo lo que las multinacionales les ofrecen en los países desarrollados. No tienen la iniciativa (tal vez no les interese) para unirse empresarialmente e instalar negocios e industrias que ofrezcan sus repetidas condiciones mínimas de subsistencia para los pobres del Tercer Mundo aportando un mínimo capital societario. No señor, con su dinero nada. Quieren hacer que se cumpla su deseo con el dinero de otros: con el de multitud de pequeños accionistas que han invertido sus sacrificados ahorros en grandes multinacionales a través de fondos de inversión para completar sus bajos salarios obteniendo un pequeño beneficio. Pero no, con su dinero no, así son los progres.
    El ejemplo de las grandes empresas ilustra perfectamente la ruina moral y científica de la mayoría de voceros anticapitalistas, cuya batería argumentativa pasa por criticar cualquier decisión que no pase por el Estado y su poder regulatorio. No en vano, lo que molesta al progre no son las decisiones concretas, sino la libertad de elegir de los ciudadanos, o sea, la libertad de un empresario para vender un producto a un precio X y la libertad del ciudadano para comprarlos o eligir otro de la competencia. Se debe criticar cualquier resultado de la acción libre, porque hay que demostrar que la acción libre es intrínsecamente malvada, prefieren intervenir ellos, saben el precio justo, son unos iluminados.
    Ines, existen dos formas de enriquecerse y de vivir en sociedad. Podemos resumirlas en la terminología que usó el filósofo alemán (este no era liberal) Franz Oppenheimer: medios económicos y medios políticos. Oppenheimer definió los medios económicos como “el intercambio del trabajo de una persona por el trabajo de otra”. Los medios económicos son voluntarios, pacíficos y nos enriquecen a todos. Permite intercambiar todo tipo de capital (físico y humano), fomenta la creatividad, y nos da opciones. Los medios políticos, por contra, son, siguiendo a Oppenheimer, “la indebida apropiación del trabajo de los demás”. Los medios políticos son el uso de la fuerza, el robo y el saqueo (impuestos). Uno se enriquece a expensas de la libertad y propiedad del otro. Si robamos la legítima propiedad de alguien, le estamos haciendo trabajar gratuitamente para nosotros contra su voluntad, lo estamos esclavizando.
    Habrás comprendido que los medios económicos son la forma en la que trabaja el libre mercado y el capitalismo. Los medios políticos son la forma en la que obra el estado, sindicatos, grupos de presión, etc. Es decir, los de esas organizaciones que nunca podrían sobrevivir, por su propia naturaleza, en un entorno de libertad pura.
    Ines te pongo otro ejemplo:
    Costa Mediterránea de Cataluña, hace 2.500 años. Ampurias (Emporion, que en griego significa comercio), era un territorio donde vivían pueblos indígenas con una cultura y una economía muy poco desarrolladas. En el S. VI a.C. entraron comerciantes, principalmente griegos, donde de forma descentralizada y sin un plan previo empezaron a negociar entre ellos y los nativos. Ampurias se volvió en poco tiempo la capital del comercio desplazando a Masalia (actual Marsella). Ampurias se convierte en el principal centro de distribución de cerámica ática, surge la acuñación de moneda, se tratan las materias primas como el oro, plata, cobre, estaño, se desarrolla el comercio de joyas, tejidos… El auge económico hizo expandir por toda la costa levantina y sureste peninsular su cultura. La globalización, en su forma más rudimentaria y gracias al libre mercado, empezó a dar sus frutos. Más riquezas, mayor bienestar, expansión de la cultura, de la medicina… Todo sin subvenciones, sin seguridad social, sin estado del bienestar, sin lobbies ni prácticas proteccionistas, ni agitadores antiglobalizadores.
    Es un caso extremo de lo que significa la prosperidad de la libertad económica contra la desolación del poder hegemónico hoy representada por el estado y sus amigos.
    Quien nos intenta saquear nuestra propiedad, por cualquier motivo que apele a los sentimientos o falsos tecnicismos, no es más que un ladrón; quien crea guerras en nombre del bien común es un asesino; y quien nos intenta arrebatar nuestra libertad, es un tirano que pretende esclavizarnos. Ines ¿El laissez-faire radical, la ausencia de medios políticos, es un sistema perfecto? Tal vez no, pues sólo un loco cree en los “sistemas perfectos” pero una cosa es segura: no será peor que el estatalismo planificador.
    Ines no debemos olvidarnos de la teoría del desarrollo, como una de las más desgraciadas ramas del empeño por entender la economía humana. Ha albergado un gran número de tonterías y lo que es más importante, de un calado ciertamente notable. Una de las corrientes más desmentidas por el desarrollo humano, pero más permanentes, sitúa la solución para los países más pobres en el control de la población. Se justifica en que no hay recursos para todos y nos abocamos al desastre si no seguimos la guía de Malthus.
    Me fijaré, no obstante, en un aspecto de esta corriente, y es en su propuesta de control de población. Los países pobres están condenados porque las familias crecen tanto que el pastel no da más que para migajas, para cada uno de ellos. Atrapados en el consumo más básico de lo que hay, no cabe el ahorro y el desarrollo. Solución: ayudémosles a controlar la población. Llevémosles condones para poder hacerlo.
    Un condón es un bien muy barato. Tener un hijo es muy caro, también en esas latitudes. Es una estupidez plantearse que si tienen hijos sin parar es porque no pueden permitirse condones. Si se cree que el mercado no está interesado en llevarlos a los lugares más pobres, que sigan el destino de miles de camiones de Coca-cola. La cuestión es que simplemente desean tener más hijos. Un estudio realizado en numerosos países concluye que el 90% de la fertilidad está explicada por el deseo de las madres de tener hijos. El mito progre de que los salvajes no saben lo que se hacen y que ellos han venido al mundo para llevarles por el camino correcto se viene abajo.
    Y es una decisión lógica. Las familias pobres tienen menos ingresos por hora de trabajo. Una prole creciente supone mayores ingresos futuros y una mayor seguridad, pese al coste inicial. Los incentivos son diferentes en una sociedad rica y por tanto muy productiva, en la que conviene concentrarse no en el número de hijos sino en aumentar las posibilidades de éxito de los que se tengan. Es una estrategia intensiva y no extensiva la que se favorece. De modo que “el mejor anticonceptivo es el desarrollo”, que viene acompañado de una transición demográfica muy conocida. Observa a tus conciudadanos.
    La campaña de llevar condones a África resultó un descomunal fracaso, con antecedentes en otros fracasos derivados de llevar a cabo otras teorías del desarrollo hermanas y primas de la maltusiana. Quizás la experiencia o la desconfianza en esa política fuera la que llevara a muchos a proponer esterilizaciones involuntarias masivas, que finalmente se llevaron a cabo. La enorme distancia de confianza en que uno mismo puede resolver los problemas ajenos y la que le inspira la capacidad de los concernidos en su propio juicio lleva a extremos como este.
    Yo creo Ines que la postura liberal en estos casos es la de no intervenir para nada: ni a favor ni en contra del condón.

    La postura de intentar meter condones a presión en el Tercer Mundo para reducir la natalidad es un absurdo. La postura de prohibirlos o pararlos, como dice la Iglesia, también me parece desacertada, pues cada uno ha de ser libre para hacer lo que quiera. En este sentido, sí que puede haber gente que realmente no quiera tener hijos o contraer enfermedades venéreas y debe tener todo el derecho del mundo a ponerse el condón en Móstoles o en Dakar.

    Evidentemente un sistema económico tradicional, ligado al campo, en que los hijos son una necesidad y la renta está bajo mínimos no puede generar el ahorro o el nivel de consumo necesarios para generar un índice satisfactorio familiar de crecimiento económico.

    Las reformas económicas conducentes a incrementar la confianza y la libertad económica para los agentes nacionales e internacionales en el país, son la mejor forma de impulsar el crecimiento económico y así desplazar la cuestión demográfica a un segundo plano y con esto enlazo con el trabajo infantil.
    Ines, es frecuente que en los países desarrollados nos alarmemos por la noticia de que unos niños están trabajando en una fábrica de la India o de Vietnam y clamamos instintivamente por la prohibición del trabajo infantil. No agrada una concreta realidad y se apela al Estado para que la haga desaparecer por decreto. Pero siendo como es que los padres, los principales interesados, no quieren a sus hijos en la pobreza, no sería prudente que antes de invocar la intervención pública nos preguntáramos por qué los padres les mandan a trabajar y no a la escuela si presuntamente lo adecuado para ellos es lo segundo. ¿Crees que los padres del Tercer Mundo son unos tiranos? Debes entender que tanto un padre de Etiopía como otro de Albacete quieren lo mejor para sus hijos ¿acaso no opinas así? Puede que muchos progres sucesores de Rousseau no sientan mucho cariño por sus hijos. Este nefasto personaje de la revolución francesa (esa de la guillotina y creadora del pensamiento único) abandonó en el orfanato más cercano sucesivamente a sus cinco hijos nada más nacer para olvidarse de ellos durante el resto de su vida. Sólo así se comprende el extraordinario esfuerzo apologético de la obra del filósofo francés, en favor de un estado paternalista sustitutivo de la familia como institución protectora del individuo. Desde entonces la educación comenzó a ser expropiada por los sistemas estatalistas a las instituciones privadas, para su ejercicio en régimen de monopolio, pero esto es tema para tratar otro día.
    En los países subdesarrollados la alternativa al trabajo infantil es el hambre. Su prohibición priva a las familias de unos mayores ingresos en un entorno de extrema necesidad cuya alternativa son las redes de prostitución infantil.
    Soy consciente de que muchos occidentales creen que la educación es la panacea. Pero si yo voy a EEUU sin educación me puedo convertir en millonario. Todo lo que necesitas son tus ojos, tus orejas y tu cerebro. Si vives en una economía libre, donde todo el mundo trabaja lo mejor que puede para sobrevivir, conseguirás sobrevivir.
    Alguna de la gente más rica de Kenya nunca ha ido a la escuela. El propietario de la mayor cadena de tiendas en Nairobi, la capital de Kenya, nunca fue a la escuela, pasó toda su infancia en la calle trabajando.
    Empezó a recolectar plásticos para reciclar y así pudo comenzar su negocio. Primero compró una tienda, luego otra y al final toda una cadena. Incluso en esta economía primitiva, hay gente que nunca ha ido a la escuela y que gana mucho dinero, ahora sus hijos van a la escuela y no necesitan trabajar como lo hizo su padre. No necesitas realmente tener una educación como la que se concibe en los países desarrollados; es más, hay países donde la gente está muy bien educada pero siguen siendo muy pobres. Los países excomunistas son un buen ejemplo.
    Para erradicar el trabajo infantil es preciso atacar su causa, la pobreza, y la pobreza sólo cabe combatirla propiciando un mercado libre que permita la acumulación de capital de cada ciudadano y el aumento de la productividad. Productividad que un país que empieza a desarrollarse industrialmente no aparece al instante, ni a corto plazo. Creo que una persona inteligente como tu lo comprenderá. La jornada laboral en el siglo XIX, por ejemplo, antes de que se limitara por ley se redujo de facto como resultado de la prosperidad que desató la Revolución Industrial. El trabajo infantil, que no era por aquel entonces ni tan insalubre ni tan gravoso como la mitología se ha encargado de popularizar, también fue remitiendo paulatinamente conforme se expandían las estructuras productivas. Así la legislación posterior en buena medida sólo vino a refrendar algo que ya se estaba generalizando de forma espontánea en el mercado.
    Ines, el trabajo infantil no es una invención del capitalismo o de la globalización, es una realidad inherente a la pobreza que ha existido desde que el hombre es hombre y que sólo el reciente desarrollo económico motivado por el libre mercado convirtió en superable. Por eso nadie debiera sorprenderse de que perdure allí donde la industrialización se halla en un estado más bien incipiente o donde ni tan siquiera ha tenido lugar.
    Con todo, las disposiciones que prohíben trabajar a los menores no son únicamente deleznables en un contexto de perentoria carestía; constituyen un ejercicio de arbitrariedad que atenta abiertamente contra los derechos de los niños y de los padres, porque nos jugamos su supervivencia.
    Parece que reivindicar la prohibición del trabajo infantil apacigua las conciencias de los que, por vivir en una sociedad sumamente productiva, disponen de suficientes medios para enviar a sus hijos a la escuela y comprarles plays stations. Pero eso no va ayudar ni a los niños del Tercer Mundo que trabajan ni a sus familias. En todo caso lo que necesitan es salir de la pobreza, no que se les cercene sus ingresos y su capacidad de ahorro.

    La lucha contra el trabajo infantil en el Tercer Mundo es una muestra más del “triunfo de la voluntad” sobre la realidad, propia de sistemas estatalistas. Las necesidades de la gente no importan, lo único que importa es la propaganda, las cifras, quedar bien ante los intelectuales y burócratas aunque la gente se muera de hambre.
    Hipocresía es lo que mejor define a muchos progres, a quienes en su nombre hacen todo lo que está en su mano para que no salgan de su penosa situación.
    La pobreza es la misma condición humana, es como llegamos al mundo. Solo unas pocas personas a lo largo de la historia, y una porción del mundo recientemente, desde la extensión del capitalismo, ha logrado escapar a la miseria. El trabajo infantil es solo un aspecto de la pobreza, y es que los más pequeños en el Tercer Mundo dependen en gran medida de su propio esfuerzo, sin que los padres puedan ofrecerles otra cosa. Esta situación cambia cuando el capitalismo se ha asentado, los padres han mejorado su situación económica y se pueden permitir mantener a sus hijos pudiendo enviarles a la escuela sin la necesidad de que ellos mismos aporten recursos a la familia. Es la riqueza la que alivia el trabajo infantil, como demuestra el hecho de que haya desaparecido de los países ricos (es decir, capitalistas), mientras continúe en los más pobres.
    Eric V. Edmonds, quizás el mayor experto en este problema, demostró en un estudio que los países que más comercian, los que más se involucran en el capitalismo mundial, son los que más reducen el trabajo infantil..
    Un caso claro es el de Vietnam, donde se realizó un estudio de grandes proporciones (3.000 familias) de 1993 a 1998. En esos 5 años, en que Vietnam se incorporaba al capitalismo global haciendo uso de las malditas multinacionales como NIKE, el crecimiento medio fue del 9 por ciento y el trabajo infantil cayó un 30 por ciento.
    Ines, cuando las necesidades básicas están cubiertas, ese aumento de la producción explica la reducción total en el empleo infantil. Edmonds concluye que “el trabajo infantil no parece variar con el gasto per capita hasta que las familias puedan cumplir con sus necesidades básicas; y entonces cae de forma dramática”.
    Ines pese a que es el capitalismo el que libera a los más pequeños de tener que trabajar, los grupos antiliberales dicen llegar a la conclusión contraria. Para eso tienen que identificar el trabajo de los niños con las grandes empresas capitalistas. Pero ha existido siempre, junto con la pobreza, y generalmente ha estado atado al campo como el común de la humanidad. ¿Tus padres o abuelos no trabajaron en el campo cuando eran niños? Yo conozco a muchos que en España lo han hecho, sin embargo, gracias a ese maldito capitalismo sus hijos no necesitan trabajar para ayudar a la familia.
    La inmensa mayoría de los niños que trabajan en el Tercer Mundo lo hacen para sus padres en el campo igual que hicieron nuestros abuelos en España. Pero eso a los antiglobalización, no les importa. Solo les preocupan los que están empleados por grandes empresas, para utilizarlos como arma contra ellas. Y ello a pesar de que los sueldos que pagan son, de media, el doble del que pueden ofrecer las empresas locales.
    ¿Qué ocurre cuando estos antiglobalización tienen éxito? Te lo explico: A principios de los 90, el Congreso de Estados Unidos estudió la aprobación de una ley (Child Labor Deterrence Act) que habría castigado a las compañías que se beneficiaran del trabajo infantil. La ley nunca se aprobó, pero el debate que generó presionó enormemente a varias compañías multinacionales, entre ellas, a un fabricante textil alemán que despidió a 50.000 niños en Bangladesh. La asociación británica Oxfam realizó después un estudio que mostró como miles de esos niños despedidos terminaron en la prostitución, el crimen o en la muerte por hambre”. La hipocresía tiene un precio. Pero lo pagan los de siempre.
    Ines una noticia de primera plana que te comenté y publicada en el New Tork Times está titulada: “En las plantaciones de plátanos de Ecuador, el trabajo infantil es la llave de los beneficios.” Esto forma parte de la creciente orgía de indignación de la intelligentsia por el trabajo mal pagado en el Tercer Mundo.
    La pregunta que nunca se hace es: ¿comparado con qué? Pero la gente para la que la indignación es una forma de vida raramente se paran a estudiar las distintas posibilidades. En lugar de eso, no dudan en quitarles opciones a los pobres, que tienen la mala fortuna de tener bastantes menos opciones que escoger.
    Oculto en una página interior estaba la respuesta que dieron los ecuatorianos de pocos recursos cuando sus hijos fueron despedidos de las plantaciones de plátanos, como resultado de la publicidad negativa realizada por los activistas de los países ricos. “Pero su trabajo nos ayudaba a subsistir ” decía una madre ecuatoriana.
    En otras palabras, los pobres de Ecuador son ahora más pobres, mientras que los activistas de los países prósperos se sienten triunfadores. Nada de esto es específico a esa industria particular o a Ecuador. Donde quiera que haya una reunión de la Organización Mundial de Comercio, se puede contar con jóvenes, que no han dado un palo al agua en su vida, participando en violentas revueltas con excusas como la explotación laboral en el Tercer Mundo.
    Si el problema fuese la “explotación”, como muchos aseguran - y el titular del New York Times insinúa - sería difícil de explicar por qué las corporaciones multinacionales invierten mayoritariamente en países más ricos donde han de pagar mayores salarios. Menos del uno por ciento de la inversión exterior norteamericana va a parar a países en el África subsahariana, por ejemplo.
    La triste ironía es que son los petulantes activistas los que están explotando al Tercer Mundo - políticamente - y que son los muy demonizados empresarios quienes están dando a los pobres los ingresos que tanto necesitan.
    De acuerdo con la revista The Economist, las empresas multinacionales habitualmente pagan aproximadamente el doble que los empresarios locales en los países del Tercer Mundo. Esos salarios están aún muy por debajo de lo que los trabajadores reciben en países más acomodados, al igual que la productividad de los trabajadores del Tercer Mundo.
    Un estudio de una empresa de consultoría ha revelado que la productividad media del trabajo en los sectores más modernos de la India es un 15% de la de los mismos sectores en la Unión Europea. En otras palabras Ines, si te haces empresario y te montas una empresa en Nueva Delhi contratando a un trabajador indio medio y le pagas el mismo salario de un trabajador europeo medio, te costaría más obtener una determinada cantidad de trabajo hecho en la India que en la Unión Europea.
    Mientras que los jóvenes económicamente analfabetos que participan en los disturbios no tienen interés en tan mundanos hechos de la vida. Aquellos que dirigen los sindicatos que se alían con ellos entienden perfectamente la realidad económica. Si consiguen imponer mayores costes laborales en el Tercer Mundo habrá menos trabajos en el mismo y, por tanto, más trabajos para los miembros de los sindicatos de los países ricos.
    El mismo analfabetismo económico mostrado por los activistas estudiantiles fue exhibido por otros cuando se profirieron histéricas quejas porque un comercio internacional más libre podría significar una huída de los empleos occidentales a países con salarios más bajos.
    Las diferencias en la productividad del trabajo no son sólo una cuestión de lo duro que pueda trabajar la gente. Los trabajadores de los países ricos generalmente tienen más y mejor maquinaria, entrenamiento y organización administrativa. Hasta el punto de que cuando las multinacionales acuden a esos países e introducen métodos más avanzados de producción, la población del Tercer Mundo no sólo tiene más trabajos hoy, sino más experiencia en los métodos modernos que podrá aprovechar todo su país en el futuro. Por supuesto Ines, estas compañías obtienen un beneficio o no podrían mantenerse en el mundo de los negocios, pero, no te equivoques, los países con salarios bajos no tienen para ellas un atractivo especial.
    Bajo el pretexto del progreso social, los bienpensantes reclaman limitaciones de salario mínimo consistentes en ilegalizar todas aquellas ocupaciones cuya retribución sea inferior a la determinada por la ley. Todos aquellos trabajadores cuya producción sea valorada en una cuantía inferior a ese monto, simplemente, serán condenados al paro irremisible.

    Los trabajadores del Tercer Mundo tienen una baja experiencia y por ello, salvo excepciones, su productividad será realmente escasa. Al principio tienen que dedicarse a tareas poco relevantes antes de poder acceder a puestos de responsabilidad donde sean realmente útiles.

    Limitar salarios mínimos supone, en estos casos, un coste superior al ingreso que los empresarios pueden obtener por contratar a un trabajador de baja cualificación. La consecuencia ineludible es el paro y la miseria de donde salieron.

    Sin embargo, la propaganda neoinquisitorial, después de haber impedido a esos trabajadores tener un trabajo, se dedicará prestamente a convencernos de que la responsabilidad de su ruinosa situación es el anárquico sistema capitalista, consistente en la explotación del hombre por el hombre. Los sectores “comprometidos” de la sociedad culparán al empresario de ávaro por considerar que el trabajador es una mercancía a la que no está dispuesto a pagar un “salario digno”. Sólo la izquierda podrá llevar a cabo la necesaria labor educadora y balanceadora de la sociedad y así se demostró la forma de hacerlo. Todos vimos lo que había detrás del muro de Berlín cuando se vino abajo.

    Ines, debemos recordar algunos de los perniciosos resultados que producen los arbitrarios esfuerzos realizados por el Estado para elevar el precio de aquellas mercancías que desea favorecer. La misma especie de daños se derivan cuando se trata de incrementar los sueldos mediante las leyes del salario mínimo. Esto no debe sorprendernos, pues un salario es en realidad un precio. En nada favorece la claridad del pensamiento económico que el precio de los servicios laborales haya recibido un nombre enteramente diferente al de los otros precios. Esto ha impedido a mucha gente percatarse de que ambos son gobernados por los mismos principios.

    Las opiniones acerca de los salarios se formulan con tal apasionamiento y quedan tan influidas por la política, que en la mayoría de las discusiones sobre el tema se olvidan los más elementales principios. Gentes que serían las primeras en negar que la prosperidad pueda ser producida mediante un alza artificial de los precios y no vacilarían en afirmar que las leyes del precio mínimo, en vez de proteger, perjudican las industrias que tratan de favorecer, abogarán, no obstante, por la promulgación de leyes de salario mínimo e increparán con la máxima acritud a sus oponentes.

    Lo primero que ocurre cuando, por ejemplo, se promulga la imposición en la cual no se pagará a nadie menos de treinta euros por una semana laboral de cuarenta y ocho horas, es que nadie cuyo trabajo no sea valorado en esa cifra por un empresario volverá a encontrar empleo. Lo único que se consigue es privarle del derecho a ganar lo que su capacidad y empleo le permitirían, mientras se impide a la comunidad beneficiarse de los modestos servicios que aquél es capaz de rendir. En una palabra, se sustituye el salario bajo por el paro y la vuelta a la miseria. Se causa un mal general, sin compensación equivalente.

    Cabe pensar que si la ley obliga a pagar mayores salarios en una industria dada, pueda ésta elevar sus precios de tal suerte que el incremento pase a gravitar sobre los consumidores. Muchas veces no es posible aumentar el precio de sus productos, pues quizá se induzca al consumidor a la búsqueda de un sustitutivo. O bien, si continúan adquiriéndolo, los nuevos precios les obliguen a comprar menos cantidad. En su consecuencia, aunque algunos obreros de la industria en cuestión se han beneficiado del alza de salarios, otros por ello perderán sus empleos. Por otra parte, si no se aumenta el precio del producto, los fabricantes marginales son desplazados del negocio. En realidad se habrá provocado una reducción en la producción y el consiguiente paro, recorriendo camino distinto.

    Cuando se mencionan estas consecuencias, siempre hay alguien que replica: «Perfectamente; si para conservar la industria X es ineludible pagar salarios ínfimos, justo es que los salarios mínimos obliguen a su cierre.» Ahora bien, tan audaz afirmación prescinde de ciertas realidades. En primer lugar, no advierte que los consumidores han de soportar la pérdida del producto. Olvida también que los obreros que trabajaban en la industria en cuestión quedan condenados al paro. Finalmente, ignora que por bajos que fueran los emolumentos abonados, eran los mejores entre todas las posibilidades que se ofrecían a los obreros de las tantas veces aludida industria X, pues de lo contrario habrían acudido a otra. Por lo tanto, si la industria X es suprimida por la imposición de salarios mínimos, quienes en ella trabajaban se verán constreñidos a aceptar, en la economía sumergida, empleos que reputaron más precarios que los que por fuerza han de abandonar. Su demanda de trabajo hará descender todavía más los salarios de las ocupaci